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Cuando el Sol era comido: eclipses y ciclos del mundo en Mesoamérica

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Publicado el 11 de agosto de 2026 a las 10:31 p. m.Actualizado el 11 de agosto de 2026 a las 10:31 p. m.
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Resumen (TL;DR)
  • Representación de un eclipse en la novena lámina del _Códice Borbónico_. Linkgua
  • ¿Qué ocurre cuando el Sol se oscurece en pleno día? Hoy sabemos que un eclipse solar se produce cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol. Sin embargo, para distintos pueblos mesoamericanos, ese oscurecimiento se entendía como una alteración visible de un universo vivo, capaz de afectar a las personas, las ciudades y sus gobernantes.
  • La aparición de un eclipse podía anunciar peligros, motivar acciones rituales y ser objeto de observación y cálculo. Códices y crónicas conservan las huellas de esa mirada y permiten comprender por qué la oscuridad repentina del día podía poner en suspenso el orden del mundo.
  • Las edades del mundo según los nahuas
  • Entre los nahuas, el Sol, llamado Tonatiuh, era una potencia fundamental para la vida y la continuidad del tiempo. El lexicógrafo francés Rémi Siméon recogió en su diccionario de náhuatl la expresión Ipalnemohuani, “aquel por quien se vive”, un título divino que se le daba relacionado con la fuerza que sostiene la existencia. El astro recibía también el nombre metafórico Cuauhtlehuanitl, “el águila que se eleva”, imagen de su ascenso cotidiano por el cielo.
  • En la cosmovisión nahua, según una de las versiones conservadas, las edades anteriores del mundo eran concebidas como distintos soles: Atonatiuh, Sol de Agua; Tlaltonatiuh, Sol de Tierra; Ehecatonatiuh, Sol de Viento, y Tletonatiuh, Sol de Fuego. Cada edad tenía su propio orden y terminaba con una transformación que abría paso a un nuevo ciclo.
  • Los nahuas llamaban tonatiuh qualo al eclipse solar, expresión que significa “el Sol es comido”. La imagen evocaba un ataque contra el astro y la pérdida temporal de su fuerza.
  • Imagen del Códice Florentino en el que se describe el eclipse.
  • Digital Florentine Codex, CC BY-NC-ND
  • El misionero franciscano español fray Bernardino de Sahagún y sus colaboradores nahuas conservaron una de las descripciones más intensas del fenómeno.
  • En el libro VII del Códice Florentino, el Sol enrojecía, se turbaba y adquiría un color amarillento. Con la oscuridad se desataban el llanto, los alaridos y el tumulto. Se sacrificaba a cautivos y a personas descritas como “blancas” (de cabello y rostro claros). Algunas personas se extraían sangre mediante perforaciones en las orejas. En los templos se cantaba, se danzaba y se producía un gran estruendo.
  • El mayor temor era que la luz no regresara. Sahagún menciona que, si el eclipse no terminaba, los tzitzimime, seres nocturnos asociados con el inframundo y la destrucción del mundo, descenderían para devorar a los seres humanos. El eclipse lunar también influía en la vida cotidiana, pues despertaba otros temores, especialmente entre las mujeres embarazadas, que colocaban una navaja de obsidiana sobre el vientre o en la boca para proteger a la criatura en gestación.
  • Observar el cielo en la civilización maya
  • Entre los mayas, el Códice de Dresde revela la dimensión calendárica de los eclipses. Sus páginas contienen tablas organizadas a partir de intervalos que permitían reconocer los periodos en que podía producirse uno de estos fenómenos.
  • Las imágenes del códice representan al Sol y a la Luna bajo figuras oscuras y serpentinas vinculadas con acontecimientos funestos. La observación astronómica, el cómputo calendárico y la interpretación ritual formaban parte de un mismo sistema de conocimiento. Prever un periodo de eclipses permitía identificar un momento delicado y preparar las respuestas ceremoniales correspondientes.
  • Agotamiento de un ciclo mexica
  • Las concepciones mesoamericanas del tiempo integraban ciclos de formación, deterioro y renovación. Una alteración extraordinaria del cielo podía adquirir el sentido de un presagio, sobre todo en contextos de guerra, enfermedad, muerte o crisis de gobierno. Los anales indígenas registraron eclipses, terremotos y otros prodigios como parte de una misma memoria mitohistórica.
  • En los relatos sobre los últimos años de Moctezuma, estas señales aparecen como anuncios del debilitamiento de su poder y el fin de un ciclo. El eclipse, al igual que otros acontecimientos extraordinarios, podía interpretarse como la manifestación visible de esa transformación. Dentro de esta lógica, el cielo, la ciudad y el gobernante participaban de una crisis común que abría paso a una nueva configuración del mundo.
  • Una memoria que perduró
  • El 10 de junio de 1611, el cronista chalca Chimalpahin presenció un eclipse total de Sol en la Ciudad de México. Escribió que, como decían los ancianos, “el Sol es comido”. También explicó que la Luna se había colocado frente al astro y había cubierto su resplandor. De pronto, pareció que fuesen las ocho de la noche y las estrellas se vieron en el cielo.
  • Manuscrito maya en el Códice de Dresde en el que se representan los eclipses como dos alas, una negra y una blanca, unidas en la parte superior y con el signo del Sol en el centro, emergiendo de las fauces del monstruo de la Tierra.
  • SLUB
  • Su relato entrelaza la memoria nahua, los conocimientos astronómicos europeos y la interpretación cristiana. Indígenas y españoles se encerraron en sus casas; muchas personas lloraron y acudieron a los templos. La expresión tonatiuh qualo continuó nombrando el fenómeno y conservó una antigua manera de comprender la relación entre el cielo y la historia humana.
  • Los testimonios sobre los eclipses revelan la profundidad del pensamiento mesoamericano: estos fenómenos se observaban, se calculaban y se interpretaban como presagios cuyos posibles efectos podían contrarrestarse mediante acciones rituales. Cuando el Sol era “comido”, la oscuridad señalaba un momento de fragilidad y transformación en la continuidad del mundo.
  • ¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.
  • Francisco Javier Sánchez Tornero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Representación de un eclipse en la novena lámina del _Códice Borbónico_. Linkgua

¿Qué ocurre cuando el Sol se oscurece en pleno día? Hoy sabemos que un eclipse solar se produce cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol. Sin embargo, para distintos pueblos mesoamericanos, ese oscurecimiento se entendía como una alteración visible de un universo vivo, capaz de afectar a las personas, las ciudades y sus gobernantes.

La aparición de un eclipse podía anunciar peligros, motivar acciones rituales y ser objeto de observación y cálculo. Códices y crónicas conservan las huellas de esa mirada y permiten comprender por qué la oscuridad repentina del día podía poner en suspenso el orden del mundo.

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Las edades del mundo según los nahuas

Entre los nahuas, el Sol, llamado Tonatiuh, era una potencia fundamental para la vida y la continuidad del tiempo. El lexicógrafo francés Rémi Siméon recogió en su diccionario de náhuatl la expresión Ipalnemohuani, “aquel por quien se vive”, un título divino que se le daba relacionado con la fuerza que sostiene la existencia. El astro recibía también el nombre metafórico Cuauhtlehuanitl, “el águila que se eleva”, imagen de su ascenso cotidiano por el cielo.

En la cosmovisión nahua, según una de las versiones conservadas, las edades anteriores del mundo eran concebidas como distintos soles: Atonatiuh, Sol de Agua; Tlaltonatiuh, Sol de Tierra; Ehecatonatiuh, Sol de Viento, y Tletonatiuh, Sol de Fuego. Cada edad tenía su propio orden y terminaba con una transformación que abría paso a un nuevo ciclo.

Los nahuas llamaban tonatiuh qualo al eclipse solar, expresión que significa “el Sol es comido”. La imagen evocaba un ataque contra el astro y la pérdida temporal de su fuerza.

Imagen del Códice Florentino en el que se describe el eclipse. Digital Florentine Codex, CC BY-NC-ND

El misionero franciscano español fray Bernardino de Sahagún y sus colaboradores nahuas conservaron una de las descripciones más intensas del fenómeno.

En el libro VII del Códice Florentino, el Sol enrojecía, se turbaba y adquiría un color amarillento. Con la oscuridad se desataban el llanto, los alaridos y el tumulto. Se sacrificaba a cautivos y a personas descritas como “blancas” (de cabello y rostro claros). Algunas personas se extraían sangre mediante perforaciones en las orejas. En los templos se cantaba, se danzaba y se producía un gran estruendo.

El mayor temor era que la luz no regresara. Sahagún menciona que, si el eclipse no terminaba, los tzitzimime, seres nocturnos asociados con el inframundo y la destrucción del mundo, descenderían para devorar a los seres humanos. El eclipse lunar también influía en la vida cotidiana, pues despertaba otros temores, especialmente entre las mujeres embarazadas, que colocaban una navaja de obsidiana sobre el vientre o en la boca para proteger a la criatura en gestación.

Observar el cielo en la civilización maya

Entre los mayas, el Códice de Dresde revela la dimensión calendárica de los eclipses. Sus páginas contienen tablas organizadas a partir de intervalos que permitían reconocer los periodos en que podía producirse uno de estos fenómenos.

Las imágenes del códice representan al Sol y a la Luna bajo figuras oscuras y serpentinas vinculadas con acontecimientos funestos. La observación astronómica, el cómputo calendárico y la interpretación ritual formaban parte de un mismo sistema de conocimiento. Prever un periodo de eclipses permitía identificar un momento delicado y preparar las respuestas ceremoniales correspondientes.

Agotamiento de un ciclo mexica

Las concepciones mesoamericanas del tiempo integraban ciclos de formación, deterioro y renovación. Una alteración extraordinaria del cielo podía adquirir el sentido de un presagio, sobre todo en contextos de guerra, enfermedad, muerte o crisis de gobierno. Los anales indígenas registraron eclipses, terremotos y otros prodigios como parte de una misma memoria mitohistórica.

En los relatos sobre los últimos años de Moctezuma, estas señales aparecen como anuncios del debilitamiento de su poder y el fin de un ciclo. El eclipse, al igual que otros acontecimientos extraordinarios, podía interpretarse como la manifestación visible de esa transformación. Dentro de esta lógica, el cielo, la ciudad y el gobernante participaban de una crisis común que abría paso a una nueva configuración del mundo.

Una memoria que perduró

El 10 de junio de 1611, el cronista chalca Chimalpahin presenció un eclipse total de Sol en la Ciudad de México. Escribió que, como decían los ancianos, “el Sol es comido”. También explicó que la Luna se había colocado frente al astro y había cubierto su resplandor. De pronto, pareció que fuesen las ocho de la noche y las estrellas se vieron en el cielo.

Manuscrito maya en el Códice de Dresde en el que se representan los eclipses como dos alas, una negra y una blanca, unidas en la parte superior y con el signo del Sol en el centro, emergiendo de las fauces del monstruo de la Tierra. SLUB

Su relato entrelaza la memoria nahua, los conocimientos astronómicos europeos y la interpretación cristiana. Indígenas y españoles se encerraron en sus casas; muchas personas lloraron y acudieron a los templos. La expresión tonatiuh qualo continuó nombrando el fenómeno y conservó una antigua manera de comprender la relación entre el cielo y la historia humana.

Los testimonios sobre los eclipses revelan la profundidad del pensamiento mesoamericano: estos fenómenos se observaban, se calculaban y se interpretaban como presagios cuyos posibles efectos podían contrarrestarse mediante acciones rituales. Cuando el Sol era “comido”, la oscuridad señalaba un momento de fragilidad y transformación en la continuidad del mundo.


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Francisco Javier Sánchez Tornero no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Francisco Javier Sánchez Tornero, Profesor de Arqueología, Universidad de Guadalajara. Puedes consultar la publicación original aquí.