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El cerebro infantil necesita juego físico y movimiento: ¿cómo podemos garantizarlo?

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Publicado el 17 de agosto de 2026 a las 03:30 a. m.Actualizado el 17 de agosto de 2026 a las 03:30 a. m.
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Resumen (TL;DR)
  • Cherry-Merry/Shutterstock
  • Los entornos urbanos, el sedentarismo y el diseño adictivo de las plataformas digitales reducen tiempo, espacios y ganas de jugar al aire libre. Ante una infancia crecientemente “pantallizada”, recuperar el movimiento y el juego libre es una necesidad de salud pública y educativa.
  • ¿Cómo se puede, desde las políticas públicas, garantizar el derecho al movimiento de niños y niñas, y tejer prácticas cotidianas que devuelvan el cuerpo al centro de la educación y la vida familiar?
  • Nuestro cerebro nómada
  • Durante la mayor parte de la historia humana, movernos fue condición de supervivencia, y nuestra biología sigue siendo “nómada”: tenemos un cerebro preparado para explorar, coordinar, anticipar y aprender a partir de la acción. Esta es la razón por la que el desajuste con las condiciones más habituales hoy en día de niños y niñas –sedentarismo, sobreabundancia de estímulos y pantallas– se asocia con estrés crónico y trastornos metabólicos y emocionales. La buena noticia es que la misma palanca que nos modeló sigue disponible: actividad física cotidiana, variada y significativa.
  • La evidencia científica muestra que moverse impulsa el desarrollo cerebral, regula las emociones, fortalece lazos sociales y mejora el aprendizaje. No es solo una cuestión física: todas las dimensiones que sostienen un “cerebro saludable” mejoran con el movimiento.
  • Movimiento, funciones ejecutivas y habilidades
  • La actividad física es buena en sí misma para el cerebro, ya que promueve la plasticidad sináptica y la neurogénesis (creación de nuevas neuronas), modula neurotransmisores implicados en el ánimo y la atención y actúa como factor protector frente al deterioro cognitivo. Pero además, cuando se combina con retos mentales –resolver problemas, aprender habilidades, practicar juegos reglados–, los efectos en funciones ejecutivas se potencian: mejoran el control inhibitorio, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva, pilares del rendimiento académico y la autonomía. Por ejemplo, pequeños snacks de movimiento (diez minutos de activación motriz) antes de una tarea cognitiva puede favorecer el aprendizaje.
  • Las pantallas también ofrecen juego, pero es una tarea sedentaria que debe equilibrarse con juego y actividad al aire libre. Ni siquiera los llamados exergames –videojuegos que obligan a moverse–, aunque faciliten el movimiento a niños o niñas más reacios al deporte tradicional, sustituyen la riqueza motriz, social y emocional del juego no mediado, especialmente si se practican a solas y en espacios reducidos.
  • Crear vínculos moviéndonos
  • Moverse también es vincularse. Las dinámicas corporales compartidas, como cualquier deporte de equipo, demandan vínculo y sincronización en el desarrollo del mismo. Un buen trabajo de equipo requiere, pues, sincronizar ritmos, afinar la escucha y construir pertenencia de equipo. El componente emocional está presente tanto en la alegría del juego corporal como en la práctica deportiva organizada, que es un verdadero laboratorio de gestión de la frustración y la perseverancia.
  • Ambos enseñan a perder, aceptar límites, modular la euforia del éxito y sostener el esfuerzo ante la dificultad, y estos aprendizajes se traducen en mayor autoestima, menos síntomas ansiosos y mejores habilidades de afrontamiento. En contextos de vulnerabilidad, el deporte comunitario aporta, además, integración, liderazgo compartido y prevención de la violencia.
  • Cómo fomentar el juego al aire libre
  • Actividades basadas en pulso y coordinación grupal ayudan a niños y niñas con aptitudes diversas a sentirse incluidos, reduciendo diferencias, reforzando la autoestima y mejorando el clima del aula.
  • Por eso, tanto en clase de Educación Física como en los juegos organizados o libres del patio, el objetivo nunca debería ser solo alcanzar determinado rendimiento físico, sino compartir reglas, turnos, acuerdos y celebraciones.
  • Actividades en la escuela
  • ¿Cómo llevar todo esto al aula sin dejar a nadie atrás? Un enfoque inclusivo probado es el de “suelo bajo, techo alto y paredes anchas”: actividades con barreras de entrada mínimas, posibilidades reales de reto para quien avanza más rápido y múltiples caminos para participar y mostrar lo aprendido.
  • En educación motriz, esto significa tareas abiertas con progresiones, materiales diversos, tiempos flexibles y productos finales múltiples (una coreografía, un circuito cooperativo, un juego diseñado por el grupo…). Así se atienden diferencias cognitivas, sensoriales, emocionales y físicas sin renunciar a la ambición ni a la creatividad.
  • Cómo lograr que niños y niñas se muevan mejor en la escuela: más allá del juego libre en infantil
  • Abrir cada jornada con snacks de movimiento; ampliar el recreo activo con zonas y materiales rotativos; diseñar y poner en práctica proyectos trimestrales que unan movimiento, música y ciencias (medir pulsaciones, sueño y ánimo); salir al exterior, y aumentar el tiempo de contacto con la naturaleza son maneras en las que la escuela puede ayudar a recuperar el movimiento para favorecer el desarrollo infantil.
  • Más allá de la escuela
  • En el contexto actual, el juego y movimiento a menudo no surgen de manera espontánea. Los adultos debemos mediar y animar de manera deliberada, con propuestas y normas claras, y hablando de manera sincera y crítica con niños y niñas sobre las consecuencias del exceso de pantallas.
  • Además, necesitan que les ofrezcamos alternativas atractivas y accesibles de ocio corporal. Tanto las rutinas familiares y como las escolares deben dejar tiempo y espacio al movimiento.
  • Podemos pactar “islas” sin pantallas antes de dormir y tras despertar; caminar o ir en bici a destinos cercanos, y proponer retos semanales de juego libre en exteriores con otros niños.
  • Políticas públicas y urbanas
  • Para garantizar hoy el derecho al juego, al descanso y a la participación en actividades recreativas y culturales son imprescindibles políticas urbanas que multipliquen espacios verdes y seguros, patios escolares que inviten a trepar, correr y crear, y currículos que incorporen juego libre más allá de la clase de educación física. Las políticas públicas son las únicas que pueden favorecer la equidad: la falta de lugares seguros para moverse golpea más a quienes viven en barrios densos y con menos recursos.
  • Algunas ideas son codiseñar con los propios niños patios y plazas, abrir polideportivos y patios escolares fuera del horario lectivo o apoyar iniciativas barriales de juego y deporte mixto, no competitivo y por edades mezcladas.
  • Recuperar el movimiento como derecho y como herramienta educativa es apostar por cerebros más plásticos, emociones mejor reguladas, comunidades más cohesionadas y una escuela verdaderamente inclusiva. En un mundo que empuja a estar quietos y conectados, moverse –a tiempo, juntos y con propósito– es una forma de cuidado. Y también de futuro.
  • Anna Forés Miravalles no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Cherry-Merry/Shutterstock

Los entornos urbanos, el sedentarismo y el diseño adictivo de las plataformas digitales reducen tiempo, espacios y ganas de jugar al aire libre. Ante una infancia crecientemente “pantallizada”, recuperar el movimiento y el juego libre es una necesidad de salud pública y educativa.

¿Cómo se puede, desde las políticas públicas, garantizar el derecho al movimiento de niños y niñas, y tejer prácticas cotidianas que devuelvan el cuerpo al centro de la educación y la vida familiar?

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Nuestro cerebro nómada

Durante la mayor parte de la historia humana, movernos fue condición de supervivencia, y nuestra biología sigue siendo “nómada”: tenemos un cerebro preparado para explorar, coordinar, anticipar y aprender a partir de la acción. Esta es la razón por la que el desajuste con las condiciones más habituales hoy en día de niños y niñas –sedentarismo, sobreabundancia de estímulos y pantallas– se asocia con estrés crónico y trastornos metabólicos y emocionales. La buena noticia es que la misma palanca que nos modeló sigue disponible: actividad física cotidiana, variada y significativa.

La evidencia científica muestra que moverse impulsa el desarrollo cerebral, regula las emociones, fortalece lazos sociales y mejora el aprendizaje. No es solo una cuestión física: todas las dimensiones que sostienen un “cerebro saludable” mejoran con el movimiento.

Movimiento, funciones ejecutivas y habilidades

La actividad física es buena en sí misma para el cerebro, ya que promueve la plasticidad sináptica y la neurogénesis (creación de nuevas neuronas), modula neurotransmisores implicados en el ánimo y la atención y actúa como factor protector frente al deterioro cognitivo. Pero además, cuando se combina con retos mentales –resolver problemas, aprender habilidades, practicar juegos reglados–, los efectos en funciones ejecutivas se potencian: mejoran el control inhibitorio, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva, pilares del rendimiento académico y la autonomía. Por ejemplo, pequeños snacks de movimiento (diez minutos de activación motriz) antes de una tarea cognitiva puede favorecer el aprendizaje.

Las pantallas también ofrecen juego, pero es una tarea sedentaria que debe equilibrarse con juego y actividad al aire libre. Ni siquiera los llamados exergames –videojuegos que obligan a moverse–, aunque faciliten el movimiento a niños o niñas más reacios al deporte tradicional, sustituyen la riqueza motriz, social y emocional del juego no mediado, especialmente si se practican a solas y en espacios reducidos.

Crear vínculos moviéndonos

Moverse también es vincularse. Las dinámicas corporales compartidas, como cualquier deporte de equipo, demandan vínculo y sincronización en el desarrollo del mismo. Un buen trabajo de equipo requiere, pues, sincronizar ritmos, afinar la escucha y construir pertenencia de equipo. El componente emocional está presente tanto en la alegría del juego corporal como en la práctica deportiva organizada, que es un verdadero laboratorio de gestión de la frustración y la perseverancia.

Ambos enseñan a perder, aceptar límites, modular la euforia del éxito y sostener el esfuerzo ante la dificultad, y estos aprendizajes se traducen en mayor autoestima, menos síntomas ansiosos y mejores habilidades de afrontamiento. En contextos de vulnerabilidad, el deporte comunitario aporta, además, integración, liderazgo compartido y prevención de la violencia.


Leer más: Cómo fomentar el juego al aire libre


Actividades basadas en pulso y coordinación grupal ayudan a niños y niñas con aptitudes diversas a sentirse incluidos, reduciendo diferencias, reforzando la autoestima y mejorando el clima del aula.

Por eso, tanto en clase de Educación Física como en los juegos organizados o libres del patio, el objetivo nunca debería ser solo alcanzar determinado rendimiento físico, sino compartir reglas, turnos, acuerdos y celebraciones.

Actividades en la escuela

¿Cómo llevar todo esto al aula sin dejar a nadie atrás? Un enfoque inclusivo probado es el de “suelo bajo, techo alto y paredes anchas”: actividades con barreras de entrada mínimas, posibilidades reales de reto para quien avanza más rápido y múltiples caminos para participar y mostrar lo aprendido.

En educación motriz, esto significa tareas abiertas con progresiones, materiales diversos, tiempos flexibles y productos finales múltiples (una coreografía, un circuito cooperativo, un juego diseñado por el grupo…). Así se atienden diferencias cognitivas, sensoriales, emocionales y físicas sin renunciar a la ambición ni a la creatividad.


Leer más: Cómo lograr que niños y niñas se muevan mejor en la escuela: más allá del juego libre en infantil


Abrir cada jornada con snacks de movimiento; ampliar el recreo activo con zonas y materiales rotativos; diseñar y poner en práctica proyectos trimestrales que unan movimiento, música y ciencias (medir pulsaciones, sueño y ánimo); salir al exterior, y aumentar el tiempo de contacto con la naturaleza son maneras en las que la escuela puede ayudar a recuperar el movimiento para favorecer el desarrollo infantil.

Más allá de la escuela

En el contexto actual, el juego y movimiento a menudo no surgen de manera espontánea. Los adultos debemos mediar y animar de manera deliberada, con propuestas y normas claras, y hablando de manera sincera y crítica con niños y niñas sobre las consecuencias del exceso de pantallas.

Además, necesitan que les ofrezcamos alternativas atractivas y accesibles de ocio corporal. Tanto las rutinas familiares y como las escolares deben dejar tiempo y espacio al movimiento.

Podemos pactar “islas” sin pantallas antes de dormir y tras despertar; caminar o ir en bici a destinos cercanos, y proponer retos semanales de juego libre en exteriores con otros niños.

Políticas públicas y urbanas

Para garantizar hoy el derecho al juego, al descanso y a la participación en actividades recreativas y culturales son imprescindibles políticas urbanas que multipliquen espacios verdes y seguros, patios escolares que inviten a trepar, correr y crear, y currículos que incorporen juego libre más allá de la clase de educación física. Las políticas públicas son las únicas que pueden favorecer la equidad: la falta de lugares seguros para moverse golpea más a quienes viven en barrios densos y con menos recursos.

Algunas ideas son codiseñar con los propios niños patios y plazas, abrir polideportivos y patios escolares fuera del horario lectivo o apoyar iniciativas barriales de juego y deporte mixto, no competitivo y por edades mezcladas.

Recuperar el movimiento como derecho y como herramienta educativa es apostar por cerebros más plásticos, emociones mejor reguladas, comunidades más cohesionadas y una escuela verdaderamente inclusiva. En un mundo que empuja a estar quietos y conectados, moverse –a tiempo, juntos y con propósito– es una forma de cuidado. Y también de futuro.

Anna Forés Miravalles no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Anna Forés Miravalles, Profesora Facultad de Educación, Universitat de Barcelona. Puedes consultar la publicación original aquí.