El eclipse solar que nos hizo gritar de emoción
- •Eclipse total fotografiado el 12 de agosto en Herrera de Duero, España, con una Canon EOS 100D. Pablo Santos Sanz / IAA-CSIC.
- •Mi primer recuerdo de lo que supone un eclipse solar data de 1984, año en que se produjo un eclipse parcial visible desde España. Recuerdo verlo desde la ventana de la casa de mis padres armado de unas cuantas radiografías y otros tantos carretes velados. Se llevarán las manos a la cabeza, pero en aquella época no conocíamos qué era eso de las normas ISO ni existían las gafas homologadas para ver eclipses.
- •Años más tarde presencié el último del siglo XX, el eclipse total de 1999, que cruzaba parte de Europa. En esa ocasión, teniendo ya muy clara mi vocación de astrofísico, viajé a Francia con un grupo de aficionados de la Asociación Vallisoletana de Astronomía, mi ciudad natal.
- •Pude ver la parcialidad justo antes de la totalidad, pero unos minutos antes de que la Luna cubriera totalmente el Sol, se nubló. Pese a ello, el espectáculo y las sensaciones fueron estremecedoras: la luz solar, detrás de las nubes, bajó dramáticamente de intensidad en unas décimas de segundo, como si alguien hubiera apagado súbitamente una lámpara. La gente gritaba, se abrazaba emocionada y daba saltos de alegría. Hasta yo mismo, buen conocedor de lo que iba a ver, sucumbí ante la irresistible atmósfera de vivir un eclipse total, aunque no pudiera contemplar la tan ansiada corona solar.
- •Después de este eclipse total “fallido”, pude disfrutar de varios eclipses parciales y de uno anular en 2005. Los años pasaron, pero me quedó clavada una espinita por aquel eclipse del 99, cuya totalidad me fue robada por unas nubes traicioneras. Así que fijé mis esperanzas en el eclipse del 12 de agosto de 2026 que, en una carambola del destino, sería total desde Valladolid, donde suelo pasar mis períodos vacacionales.
- •Cincuenta gafas homologadas y un telescopio inteligente
- •Más de un año antes empecé a prepararlo con mucha ilusión. Me hice con gafas –esta vez sí, homologadas– para mí, mi familia, y amigos: llegué a juntar 50 de todo tipo, todas probadas por mí antes del eclipse. Hice pruebas con varios telescopios y cámaras. Finalmente, me decanté por un pequeño telescopio inteligente, fácil de transportar y programar, que me permitiría disfrutar al máximo de la totalidad a ojo desnudo mientras él grababa.
- •Añadí al equipo una cámara digital con teleobjetivo de 300 mm, un proyector solar de cartón para los más pequeños, unos prismáticos con filtros solares, una pantalla blanca para intentar ver las esquivas franjas de sombra y hasta una espumadera para proyectar la imagen del Sol. Llevé también dos teléfonos móviles: uno para controlar el telescopio y otro, con una aplicación que daba la hora con gran precisión, para cronometrar los momentos clave. Todo ello completaba mi particular “set de eclipses”.
- •Set utilizado por Pablo Santos para ver (y fotografiar) el eclipse del 12 de agosto.
- •La noche antes del eclipse, justo después de cenar, expliqué a mi familia lo que podríamos ver al día siguiente: franjas de sombra, el efecto anillo de diamantes, las perlas de Baily y, la reina de la totalidad, la corona solar. También les dije que estaba seguro de que iban a gritar de emoción durante la totalidad. Por supuesto, no me creyeron.
- •El sobrecogedor momento de la totalidad
- •Y llegó el 12 de agosto. Pese a que sabía perfectamente lo que iba a pasar en cada momento, mi mente de astrofísico fue vencida por la emoción y los nervios. Llegué casi una hora antes del inicio de la parcialidad para preparar y probar todo y, aun así, empecé un poco tarde a grabar con el telescopio por un problema técnico.
- •Recuerdo haber tomado alguna foto con la cámara y el teleobjetivo, recuerdo haber gritado: “¡Cinco minutos para la totalidad!”. Y haber visto las franjas de sombra correr tenuemente en la pantalla blanca un poco antes de la oscuridad. Recuerdo también que grité: “¡Ya os podéis quitar las gafas!” justo cuando empezaba la totalidad y apareció un precioso anillo de diamante seguido de múltiples perlas de Baily.
- •Secuencia del eclipse visto desde Herrera de Duero.
- •El resto de la totalidad aún sigue pareciéndome un sueño irreal y sobrecogedor. Ese agujero negro, negrísimo, en el cielo. Y esa corona plateada rodeando el astro rey. Recuerdo haber gritado en mitad de la totalidad: “¡Mirad, ahí está Venus, a la izquierda del Sol!”. Y tras un minuto y 24 segundos bajo la sombra lunar, de pronto la luz volvió, tan brutalmente como se había ido. Otro anillo de diamante por el lado opuesto. “¡A ponerse de nuevo las gafas!”, grité.
- •La totalidad la viví y la sentí como un instante mágico e irreal, que trasciende totalmente mis conocimientos astrofísicos. ¡Por fin me vengué de esas nubes que me impidieron ver la corona en Francia!
- •Estar bajo la sombra de la Luna engancha. Ya estoy contando los días para el próximo eclipse del 2 de agosto de 2027, que podremos disfrutar desde el sur de la Península y el norte de África. Estoy seguro de que no será mi último eclipse total.
- •Y, por cierto, mi familia y mis amigos gritaron todos de emoción… por si había quedado alguna duda.
- •Pablo Santos Sanz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Mi primer recuerdo de lo que supone un eclipse solar data de 1984, año en que se produjo un eclipse parcial visible desde España. Recuerdo verlo desde la ventana de la casa de mis padres armado de unas cuantas radiografías y otros tantos carretes velados. Se llevarán las manos a la cabeza, pero en aquella época no conocíamos qué era eso de las normas ISO ni existían las gafas homologadas para ver eclipses.
Años más tarde presencié el último del siglo XX, el eclipse total de 1999, que cruzaba parte de Europa. En esa ocasión, teniendo ya muy clara mi vocación de astrofísico, viajé a Francia con un grupo de aficionados de la Asociación Vallisoletana de Astronomía, mi ciudad natal.
Pude ver la parcialidad justo antes de la totalidad, pero unos minutos antes de que la Luna cubriera totalmente el Sol, se nubló. Pese a ello, el espectáculo y las sensaciones fueron estremecedoras: la luz solar, detrás de las nubes, bajó dramáticamente de intensidad en unas décimas de segundo, como si alguien hubiera apagado súbitamente una lámpara. La gente gritaba, se abrazaba emocionada y daba saltos de alegría. Hasta yo mismo, buen conocedor de lo que iba a ver, sucumbí ante la irresistible atmósfera de vivir un eclipse total, aunque no pudiera contemplar la tan ansiada corona solar.
Después de este eclipse total “fallido”, pude disfrutar de varios eclipses parciales y de uno anular en 2005. Los años pasaron, pero me quedó clavada una espinita por aquel eclipse del 99, cuya totalidad me fue robada por unas nubes traicioneras. Así que fijé mis esperanzas en el eclipse del 12 de agosto de 2026 que, en una carambola del destino, sería total desde Valladolid, donde suelo pasar mis períodos vacacionales.
Cincuenta gafas homologadas y un telescopio inteligente
Más de un año antes empecé a prepararlo con mucha ilusión. Me hice con gafas –esta vez sí, homologadas– para mí, mi familia, y amigos: llegué a juntar 50 de todo tipo, todas probadas por mí antes del eclipse. Hice pruebas con varios telescopios y cámaras. Finalmente, me decanté por un pequeño telescopio inteligente, fácil de transportar y programar, que me permitiría disfrutar al máximo de la totalidad a ojo desnudo mientras él grababa.
Añadí al equipo una cámara digital con teleobjetivo de 300 mm, un proyector solar de cartón para los más pequeños, unos prismáticos con filtros solares, una pantalla blanca para intentar ver las esquivas franjas de sombra y hasta una espumadera para proyectar la imagen del Sol. Llevé también dos teléfonos móviles: uno para controlar el telescopio y otro, con una aplicación que daba la hora con gran precisión, para cronometrar los momentos clave. Todo ello completaba mi particular “set de eclipses”.
La noche antes del eclipse, justo después de cenar, expliqué a mi familia lo que podríamos ver al día siguiente: franjas de sombra, el efecto anillo de diamantes, las perlas de Baily y, la reina de la totalidad, la corona solar. También les dije que estaba seguro de que iban a gritar de emoción durante la totalidad. Por supuesto, no me creyeron.
El sobrecogedor momento de la totalidad
Y llegó el 12 de agosto. Pese a que sabía perfectamente lo que iba a pasar en cada momento, mi mente de astrofísico fue vencida por la emoción y los nervios. Llegué casi una hora antes del inicio de la parcialidad para preparar y probar todo y, aun así, empecé un poco tarde a grabar con el telescopio por un problema técnico.
Recuerdo haber tomado alguna foto con la cámara y el teleobjetivo, recuerdo haber gritado: “¡Cinco minutos para la totalidad!”. Y haber visto las franjas de sombra correr tenuemente en la pantalla blanca un poco antes de la oscuridad. Recuerdo también que grité: “¡Ya os podéis quitar las gafas!” justo cuando empezaba la totalidad y apareció un precioso anillo de diamante seguido de múltiples perlas de Baily.
El resto de la totalidad aún sigue pareciéndome un sueño irreal y sobrecogedor. Ese agujero negro, negrísimo, en el cielo. Y esa corona plateada rodeando el astro rey. Recuerdo haber gritado en mitad de la totalidad: “¡Mirad, ahí está Venus, a la izquierda del Sol!”. Y tras un minuto y 24 segundos bajo la sombra lunar, de pronto la luz volvió, tan brutalmente como se había ido. Otro anillo de diamante por el lado opuesto. “¡A ponerse de nuevo las gafas!”, grité.
La totalidad la viví y la sentí como un instante mágico e irreal, que trasciende totalmente mis conocimientos astrofísicos. ¡Por fin me vengué de esas nubes que me impidieron ver la corona en Francia!
Estar bajo la sombra de la Luna engancha. Ya estoy contando los días para el próximo eclipse del 2 de agosto de 2027, que podremos disfrutar desde el sur de la Península y el norte de África. Estoy seguro de que no será mi último eclipse total.
Y, por cierto, mi familia y mis amigos gritaron todos de emoción… por si había quedado alguna duda.
Pablo Santos Sanz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Pablo Santos Sanz, Investigador en el Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA/CSIC), Ciencias Planetarias, Pequeños Cuerpos del Sistema Solar., Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC). Puedes consultar la publicación original aquí.
