El espejismo del hidrógeno verde: por qué la obsesión por el color oculta una transición injusta
- •Piyaset/Shutterstock
- •En la actual carrera global hacia la descarbonización, el hidrógeno se ha posicionado para muchos como el “santo grial” energético, capaz de “limpiar” industrias pesadas y sectores difíciles de electrificar. Sin embargo, bajo este entusiasmo tecnológico, subyace un problema de decisión crítico: la simplificación del debate mediante una paleta de colores. Mientras gobiernos y empresas se obsesionan con el “hidrógeno verde” (producido a partir de energía renovable) o el “azul” (obtenido a partir de combustibles fósiles, pero cuyas emisiones de CO₂ se almacenan), ignoramos una realidad técnica y social mucho más profunda.
- •Esta clasificación cromática es eficaz como herramienta de marketing. Pero resulta insuficiente para reflejar lo que realmente implica la sostenibilidad. Alcanzar la “descarbonización total” exige ir más allá de la narrativa del color y adoptar marcos de evaluación que integren dimensiones económicas, ambientales y, de manera urgente, sociales.
- •La etiqueta “verde” no garantiza que un proyecto sea justo, viable localmente o eficiente en términos de recursos. Sin un acuerdo sobre los criterios de evaluación, la política energética corre el riesgo de construir infraestructuras sobre bases metodológicas frágiles, donde un análisis incompleto oculte consecuencias inaceptables para las comunidades.
- •Más allá de la eficiencia técnica en la producción
- •La magnitud del reto es considerable. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), para cumplir los objetivos climáticos en 2050, la demanda de hidrógeno de bajas emisiones deberá cuadruplicar la demanda de hidrógeno fósil registrada en 2022. Esta transición no es solo un ajuste técnico. Es también un motor fundamental para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), especialmente para la innovación en infraestructuras (ODS 9) y la generación de empleo digno (ODS 8).
- •Sin embargo, la solución óptima no es universal. Elegir una vía de producción que reduzca las emisiones es un problema complejo en el que la geografía condiciona la viabilidad. Cada país considera en sus estrategias diferentes rutas de generación, tanto con fuentes renovables como usando fuentes fósiles con captura de carbono.
- •Existen diferencias estratégicas entre regiones. La Unión Europea apuesta por el hidrógeno renovable. En Canadá, tienen la red eléctrica relativamente descarbonizada, por lo que proponen usarla como fuente de electricidad para la electrolisis (ruptura de la molécula de agua para producir hidrógeno). En Australia, apuestan por aprovechar su potencial solar, de forma que dan prioridad a producir el hidrógeno con electrolisis usando electricidad procedente de energía solar. En Japón, se plantean la importación de hidrógeno bajo en carbono, debido a sus limitaciones en cuanto a recursos para producirlo.
- •Esta diversidad demuestra que elegir una ruta no depende solo de la eficiencia técnica de cada proceso. Entran en juego otros factores como el impacto sobre el agua potable (ODS 6) en zonas de escasez hídrica o el acceso asequible a la energía (ODS 7).
- •El hidrógeno verde, ¿una quimera?
- •El factor humano
- •La solidez de un marco de decisión no reside solo en el resultado, sino en su capacidad de valorar de forma equilibrada todas las dimensiones de la sostenibilidad. Aquí aparece un fallo estructural: la dimensión social está muy poco representada.
- •Mientras que indicadores como el coste nivelado del hidrógeno (LCOH, el coste de producción de 1 kg de hidrógeno, considerando los costes de inversión y de operación de las tecnologías empleadas) o el potencial de calentamiento global (GWP, que mide el impacto de un producto sobre el efecto invernadero) disponen de métricas consolidadas, los factores sociales se tratan como elementos secundarios y cualitativos.
- •Esta carencia genera un desequilibrio en el análisis. Factores críticos como la pobreza energética, los derechos humanos y laborales en la cadena de suministro y la participación económica de los actores locales, suelen quedar en segundo plano.
- •Además, la propia forma de elegir los indicadores condiciona el resultado. Si a un único indicador económico se le da mucho peso frente a varios indicadores sociales, pequeñas variaciones en costes pueden eclipsar un desempeño social sobresaliente.
- •El sesgo hacia la dimensión económica acaba siendo estructural. Esto explica por qué proyectos técnicamente sólidos encuentran un fuerte rechazo social: se diseñaron sin tener en cuenta adecuadamente la salud de las personas, el impacto en el territorio o la participación de la comunidad desde el principio.
- •Y usted, ¿aceptaría un proyecto de energías renovables en su localidad?
- •Hacia una transparencia total
- •La ciencia aplicada a la toma de decisiones reconoce hoy sus propios límites. Muchos estudios actuales dependen en exceso de la opinión de expertos, lo que introduce una subjetividad inevitable. Para manejar esta incertidumbre, se emplean herramientas matemáticas que permiten reflejar la ambigüedad y la falta de consenso en las opiniones humanas. Algunas de estas herramientas son la “lógica difusa” (fuzzy logic) o los “conjuntos neutrosóficos”.
- •Sin embargo, el futuro exige mayor rigor y estandarización. Indicadores como el consumo de agua en zonas de escasez o el riesgo para la salud humana deben calcularse con metodologías transparentes y verificables. La falta de detalle en los datos dificulta las comparaciones globales. Una transición justa requiere una ciencia que la sociedad pueda auditar y comprender.
- •El hidrógeno como motor de una transición justa
- •El éxito de la economía del hidrógeno no se medirá por la capacidad instalada. Se medirá por nuestra capacidad para implementar marcos de decisión transparentes, inclusivos y metodológicamente honestos. Este éxito, en última instancia, no será tecnológico, sino metodológico.
- •Para los responsables de políticas, la recomendación es clara: deben abandonar la visión de “solución única para todos” y exigir marcos de evaluación que equilibren las dimensiones económicas, ambientales, técnicas y sociales. Armonizar los criterios es el único camino para asegurar que el hidrógeno sea, verdaderamente, un pilar de la sostenibilidad global. Solo con un marco de decisión robusto que incluya al factor humano podremos garantizar que esta revolución energética sea, además de limpia, justa.
- •Silvia María Puerta Moreno ha recibido fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades con el proyecto GH2T (PID2020-114725RA-I00 MCIN /AEI/ 10.13039/50110 0 011033). Además, ha recibido una ayuda FPU del Gobierno de España (FPU22/00366).
En la actual carrera global hacia la descarbonización, el hidrógeno se ha posicionado para muchos como el “santo grial” energético, capaz de “limpiar” industrias pesadas y sectores difíciles de electrificar. Sin embargo, bajo este entusiasmo tecnológico, subyace un problema de decisión crítico: la simplificación del debate mediante una paleta de colores. Mientras gobiernos y empresas se obsesionan con el “hidrógeno verde” (producido a partir de energía renovable) o el “azul” (obtenido a partir de combustibles fósiles, pero cuyas emisiones de CO₂ se almacenan), ignoramos una realidad técnica y social mucho más profunda.
Esta clasificación cromática es eficaz como herramienta de marketing. Pero resulta insuficiente para reflejar lo que realmente implica la sostenibilidad. Alcanzar la “descarbonización total” exige ir más allá de la narrativa del color y adoptar marcos de evaluación que integren dimensiones económicas, ambientales y, de manera urgente, sociales.
La etiqueta “verde” no garantiza que un proyecto sea justo, viable localmente o eficiente en términos de recursos. Sin un acuerdo sobre los criterios de evaluación, la política energética corre el riesgo de construir infraestructuras sobre bases metodológicas frágiles, donde un análisis incompleto oculte consecuencias inaceptables para las comunidades.
Más allá de la eficiencia técnica en la producción
La magnitud del reto es considerable. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), para cumplir los objetivos climáticos en 2050, la demanda de hidrógeno de bajas emisiones deberá cuadruplicar la demanda de hidrógeno fósil registrada en 2022. Esta transición no es solo un ajuste técnico. Es también un motor fundamental para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), especialmente para la innovación en infraestructuras (ODS 9) y la generación de empleo digno (ODS 8).
Sin embargo, la solución óptima no es universal. Elegir una vía de producción que reduzca las emisiones es un problema complejo en el que la geografía condiciona la viabilidad. Cada país considera en sus estrategias diferentes rutas de generación, tanto con fuentes renovables como usando fuentes fósiles con captura de carbono.
Existen diferencias estratégicas entre regiones. La Unión Europea apuesta por el hidrógeno renovable. En Canadá, tienen la red eléctrica relativamente descarbonizada, por lo que proponen usarla como fuente de electricidad para la electrolisis (ruptura de la molécula de agua para producir hidrógeno). En Australia, apuestan por aprovechar su potencial solar, de forma que dan prioridad a producir el hidrógeno con electrolisis usando electricidad procedente de energía solar. En Japón, se plantean la importación de hidrógeno bajo en carbono, debido a sus limitaciones en cuanto a recursos para producirlo.
Esta diversidad demuestra que elegir una ruta no depende solo de la eficiencia técnica de cada proceso. Entran en juego otros factores como el impacto sobre el agua potable (ODS 6) en zonas de escasez hídrica o el acceso asequible a la energía (ODS 7).
Leer más: El hidrógeno verde, ¿una quimera?
El factor humano
La solidez de un marco de decisión no reside solo en el resultado, sino en su capacidad de valorar de forma equilibrada todas las dimensiones de la sostenibilidad. Aquí aparece un fallo estructural: la dimensión social está muy poco representada.
Mientras que indicadores como el coste nivelado del hidrógeno (LCOH, el coste de producción de 1 kg de hidrógeno, considerando los costes de inversión y de operación de las tecnologías empleadas) o el potencial de calentamiento global (GWP, que mide el impacto de un producto sobre el efecto invernadero) disponen de métricas consolidadas, los factores sociales se tratan como elementos secundarios y cualitativos.
Esta carencia genera un desequilibrio en el análisis. Factores críticos como la pobreza energética, los derechos humanos y laborales en la cadena de suministro y la participación económica de los actores locales, suelen quedar en segundo plano.
Además, la propia forma de elegir los indicadores condiciona el resultado. Si a un único indicador económico se le da mucho peso frente a varios indicadores sociales, pequeñas variaciones en costes pueden eclipsar un desempeño social sobresaliente.
El sesgo hacia la dimensión económica acaba siendo estructural. Esto explica por qué proyectos técnicamente sólidos encuentran un fuerte rechazo social: se diseñaron sin tener en cuenta adecuadamente la salud de las personas, el impacto en el territorio o la participación de la comunidad desde el principio.
Leer más: Y usted, ¿aceptaría un proyecto de energías renovables en su localidad?
Hacia una transparencia total
La ciencia aplicada a la toma de decisiones reconoce hoy sus propios límites. Muchos estudios actuales dependen en exceso de la opinión de expertos, lo que introduce una subjetividad inevitable. Para manejar esta incertidumbre, se emplean herramientas matemáticas que permiten reflejar la ambigüedad y la falta de consenso en las opiniones humanas. Algunas de estas herramientas son la “lógica difusa” (fuzzy logic) o los “conjuntos neutrosóficos”.
Sin embargo, el futuro exige mayor rigor y estandarización. Indicadores como el consumo de agua en zonas de escasez o el riesgo para la salud humana deben calcularse con metodologías transparentes y verificables. La falta de detalle en los datos dificulta las comparaciones globales. Una transición justa requiere una ciencia que la sociedad pueda auditar y comprender.
El hidrógeno como motor de una transición justa
El éxito de la economía del hidrógeno no se medirá por la capacidad instalada. Se medirá por nuestra capacidad para implementar marcos de decisión transparentes, inclusivos y metodológicamente honestos. Este éxito, en última instancia, no será tecnológico, sino metodológico.
Para los responsables de políticas, la recomendación es clara: deben abandonar la visión de “solución única para todos” y exigir marcos de evaluación que equilibren las dimensiones económicas, ambientales, técnicas y sociales. Armonizar los criterios es el único camino para asegurar que el hidrógeno sea, verdaderamente, un pilar de la sostenibilidad global. Solo con un marco de decisión robusto que incluya al factor humano podremos garantizar que esta revolución energética sea, además de limpia, justa.
Silvia María Puerta Moreno ha recibido fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades con el proyecto GH2T (PID2020-114725RA-I00 MCIN /AEI/ 10.13039/50110 0 011033). Además, ha recibido una ayuda FPU del Gobierno de España (FPU22/00366).
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Silvia María Puerta Moreno, Profesora Sustituta en Ingeniería Química y Ambiental, Universidad de Sevilla. Puedes consultar la publicación original aquí.
