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La incógnita del virus del Nilo Occidental: ¿por qué puede convertirse en una amenaza mortal para algunas personas?

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Publicado el 19 de agosto de 2026 a las 03:30 p. m.Actualizado el 19 de agosto de 2026 a las 03:30 p. m.
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Resumen (TL;DR)
  • frank60/Shutterstock
  • El virus del Nilo Occidental (VNO) ha dejado de ser una enfermedad exótica en España. Desde el importante brote registrado en Andalucía en 2020, los casos en humanos se repiten cada verano y el virus se ha consolidado como un problema de salud pública en varias regiones del país. Así, esta temporada se han notificado 46 diagnósticos en el territorio andaluz hasta el 18 de agosto, uno de ellos con resultado de muerte.
  • Su ciclo de transmisión, que involucra aves silvestres y mosquitos del género Culex, está bien descrito. También conocemos los factores ambientales que favorecen su expansión, como el aumento de las temperaturas, las lluvias y la abundancia de humedales donde proliferan los vectores.
  • Aunque los casos parecen haber disminuido con las medidas de control, las preguntas más importantes han dejado de ser ecológicas. Hoy, el mayor desafío consiste en comprender cómo interacciona el virus con las personas. Siete años de transmisión sostenida plantean un nuevo reto científico: entender por qué la infección pasa completamente desapercibida en la mayoría de los casos, mientras que en unos pocos provoca una encefalitis potencialmente mortal.
  • ¿Cuántas personas se infectan realmente?
  • Debido a que aproximadamente el 80 % de las infecciones por el VNO son asintomáticas, desconocemos cuántas personas se infectan realmente. Alrededor del 20 % de los casos experimenta un cuadro febril inespecífico y menos del 1 % evoluciona hacia una enfermedad neuroinvasiva, como meningitis, encefalitis o parálisis. Aproximadamente un 10 % de los pacientes que desarrollan enfermedad grave mueren.
  • Al conocerse solamente cuántos casos graves se notifican cada verano, los pacientes que llegan a los hospitales representan la punta del iceberg.
  • Elaborado por la autora.
  • En España se ha desarrollado una excelente red de vigilancia en mosquitos, aves y caballos bajo el enfoque One Health (Una Sola Salud). Sin embargo, apenas existen estudios de seroprevalencia en población general que permitan estimar cuántas personas han desarrollado anticuerpos tras una infección inadvertida.
  • Sin esa información resulta difícil conocer la verdadera magnitud del problema, identificar las zonas de mayor transmisión o evaluar cómo evoluciona la inmunidad de la población con el paso de los años.
  • ¿Por qué unas personas enferman y otras no?
  • Desde el punto de vista de la inmunología, el tipo de virus (variante concreta) y la reacción de las defensas del hospedador o individuo infectado marcan la diferencia.
  • Durante los primeros días de la infección, la respuesta inmunitaria innata establece una barrera frente a la replicación y diseminación del VNO. Tras la picadura de un mosquito, el virus infecta inicialmente queratinocitos (las células más abundantes de la epidermis), células dendríticas de la piel, macrófagos (dos tipos de células imunitarias) y, en menor medida, fibroblastos (células del tejido conectivo), donde comienza a replicarse. Desde allí alcanza los ganglios linfáticos regionales y puede pasar al torrente sanguíneo.
  • Las primeras horas tras la infección son decisivas. Las células infectadas detectan la presencia del virus y producen interferones de tipo I, unas proteínas que actúan como la primera línea de defensa frente a numerosos virus. Activan cientos de genes antivirales capaces de limitar rápidamente la replicación del patógeno.
  • Si esta respuesta es rápida y eficaz, la infección suele quedar controlada antes incluso de producir síntomas. Si, por el contrario, el VNO consigue escapar a esa primera barrera, especialmente a los interferones tipo I, aumentará la carga viral y, con ello, la probabilidad de que alcance el sistema nervioso central.
  • Posteriormente entran en acción los anticuerpos neutralizantes y los linfocitos T, que eliminan las células infectadas y contribuyen a erradicar el virus. En la mayoría de las personas esta respuesta adaptativa completa el trabajo iniciado por la inmunidad innata.
  • ¿Qué pasa cuando el virus alcanza el sistema nervioso central?
  • Cuando el patógeno consigue alcanzar una carga viral suficiente, puede acceder al sistema nervioso central mediante diferentes mecanismos. Dos de ellos son la alteración de la barrera hematoencefálica (la estructura celular que protege el cerebro) inducida por el propio virus y el transporte por parte de células inmunitarias infectadas, que actuarían como “caballos de Troya”.
  • Tras atravesar la barrera hematoencefálica, el virus infecta distintos tipos de células. En ese momento, el sistema inmunológico actúa adoptando un delicado equilibrio para eliminar esas células infectadas y, al mismo tiempo, evitar un exceso de inflamación en órganos especialmente vulnerables como el cerebro.
  • ¿Hay variantes del virus más neuroinvasivas?
  • La respuesta es sí: la capacidad neuroinvasiva puede estar condicionada por características diferenciales entre las distintas variantes procedentes de los diferentes linajes del virus, de los que se han descrito siete.
  • Como se ha mencionado, en la mayoría de los casos, la gravedad parece surgir de la interacción entre la virulencia de la cepa y la capacidad del sistema inmunitario del hospedador para contener la infección durante los primeros días.
  • ¿Influyen nuestros genes?
  • Aunque la edad avanzada, la inmunosupresión o enfermedades como la diabetes o hipertensión aumentan el riesgo de desarrollar enfermedad neuroinvasiva, también se han identificado variantes genéticas que podrían modificar la susceptibilidad de cada individuo. Entre ellas destaca una mutación rara del gen CCR5, denominada CCR5-Δ32 (Δ32 equivale a pérdida o deleción de 32 aminoácidos, los componentes básicos de las proteínas), cuya historia ilustra hasta qué punto la relación entre genética e inmunidad puede resultar paradójica.
  • CCR5 tiene una doble cara: codifica para un receptor de quimiocinas, sustancias atrayentes de los leucocitos que dirigen el tráfico de estas células defensivas (como su migración hacia los tejidos infectados); y, a la vez, es un receptor del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). También sabemos que las personas portadoras de dos copias u homocigotas de la mutación CCR5-Δ32 son altamente resistentes a la infección por la mayoría de las variantes del VIH. Esta observación hizo posibles las escasas curaciones de la infección mediante trasplante de médula ósea procedentes de donantes portadores de dicha variante. La primera curación fue la del denominado paciente de Berlín.
  • Sin embargo, esa misma mutación podría aumentar la susceptibilidad frente al virus del Nilo Occidental. Diversos estudios experimentales han demostrado que, en ausencia de un receptor CCR5 funcional, los linfocitos migran con menor eficacia hacia el sistema nervioso central. Como consecuencia, el patógeno puede persistir durante más tiempo en el cerebro y aumentar el riesgo de desarrollar encefalitis.
  • Esto es un recordatorio de que la evolución rara vez genera soluciones universales. Una variante genética puede resultar beneficiosa frente a un patógeno y perjudicial frente a otro completamente distinto.
  • ¿Ha llegado el momento de replantearse la investigación?
  • En mi opinión, necesitamos saber cuántas personas se infectan realmente cada verano. Se precisa conocer a fondo los factores inmunológicos que confieren protección y cómo evoluciona la inmunidad de la población tras exposiciones repetidas. Responder a estas preguntas requerirá estudios de seroprevalencia en la población general en las zonas afectadas y cohortes clínicas bien caracterizadas.
  • El virus del Nilo Occidental ya no representa únicamente un desafío para la vigilancia epidemiológica: se ha convertido también en una oportunidad científica para comprender por qué, frente a un mismo virus, el sistema inmunitario puede escribir historias completamente diferentes.
  • Narcisa Martínez Quiles no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

frank60/Shutterstock

El virus del Nilo Occidental (VNO) ha dejado de ser una enfermedad exótica en España. Desde el importante brote registrado en Andalucía en 2020, los casos en humanos se repiten cada verano y el virus se ha consolidado como un problema de salud pública en varias regiones del país. Así, esta temporada se han notificado 46 diagnósticos en el territorio andaluz hasta el 18 de agosto, uno de ellos con resultado de muerte.

Su ciclo de transmisión, que involucra aves silvestres y mosquitos del género Culex, está bien descrito. También conocemos los factores ambientales que favorecen su expansión, como el aumento de las temperaturas, las lluvias y la abundancia de humedales donde proliferan los vectores.

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Aunque los casos parecen haber disminuido con las medidas de control, las preguntas más importantes han dejado de ser ecológicas. Hoy, el mayor desafío consiste en comprender cómo interacciona el virus con las personas. Siete años de transmisión sostenida plantean un nuevo reto científico: entender por qué la infección pasa completamente desapercibida en la mayoría de los casos, mientras que en unos pocos provoca una encefalitis potencialmente mortal.

¿Cuántas personas se infectan realmente?

Debido a que aproximadamente el 80 % de las infecciones por el VNO son asintomáticas, desconocemos cuántas personas se infectan realmente. Alrededor del 20 % de los casos experimenta un cuadro febril inespecífico y menos del 1 % evoluciona hacia una enfermedad neuroinvasiva, como meningitis, encefalitis o parálisis. Aproximadamente un 10 % de los pacientes que desarrollan enfermedad grave mueren.

Al conocerse solamente cuántos casos graves se notifican cada verano, los pacientes que llegan a los hospitales representan la punta del iceberg.

Elaborado por la autora.

En España se ha desarrollado una excelente red de vigilancia en mosquitos, aves y caballos bajo el enfoque One Health (Una Sola Salud). Sin embargo, apenas existen estudios de seroprevalencia en población general que permitan estimar cuántas personas han desarrollado anticuerpos tras una infección inadvertida.

Sin esa información resulta difícil conocer la verdadera magnitud del problema, identificar las zonas de mayor transmisión o evaluar cómo evoluciona la inmunidad de la población con el paso de los años.

¿Por qué unas personas enferman y otras no?

Desde el punto de vista de la inmunología, el tipo de virus (variante concreta) y la reacción de las defensas del hospedador o individuo infectado marcan la diferencia.

Durante los primeros días de la infección, la respuesta inmunitaria innata establece una barrera frente a la replicación y diseminación del VNO. Tras la picadura de un mosquito, el virus infecta inicialmente queratinocitos (las células más abundantes de la epidermis), células dendríticas de la piel, macrófagos (dos tipos de células imunitarias) y, en menor medida, fibroblastos (células del tejido conectivo), donde comienza a replicarse. Desde allí alcanza los ganglios linfáticos regionales y puede pasar al torrente sanguíneo.

Las primeras horas tras la infección son decisivas. Las células infectadas detectan la presencia del virus y producen interferones de tipo I, unas proteínas que actúan como la primera línea de defensa frente a numerosos virus. Activan cientos de genes antivirales capaces de limitar rápidamente la replicación del patógeno.

Si esta respuesta es rápida y eficaz, la infección suele quedar controlada antes incluso de producir síntomas. Si, por el contrario, el VNO consigue escapar a esa primera barrera, especialmente a los interferones tipo I, aumentará la carga viral y, con ello, la probabilidad de que alcance el sistema nervioso central.

Posteriormente entran en acción los anticuerpos neutralizantes y los linfocitos T, que eliminan las células infectadas y contribuyen a erradicar el virus. En la mayoría de las personas esta respuesta adaptativa completa el trabajo iniciado por la inmunidad innata.

¿Qué pasa cuando el virus alcanza el sistema nervioso central?

Cuando el patógeno consigue alcanzar una carga viral suficiente, puede acceder al sistema nervioso central mediante diferentes mecanismos. Dos de ellos son la alteración de la barrera hematoencefálica (la estructura celular que protege el cerebro) inducida por el propio virus y el transporte por parte de células inmunitarias infectadas, que actuarían como “caballos de Troya”.

Tras atravesar la barrera hematoencefálica, el virus infecta distintos tipos de células. En ese momento, el sistema inmunológico actúa adoptando un delicado equilibrio para eliminar esas células infectadas y, al mismo tiempo, evitar un exceso de inflamación en órganos especialmente vulnerables como el cerebro.

¿Hay variantes del virus más neuroinvasivas?

La respuesta es sí: la capacidad neuroinvasiva puede estar condicionada por características diferenciales entre las distintas variantes procedentes de los diferentes linajes del virus, de los que se han descrito siete.

Como se ha mencionado, en la mayoría de los casos, la gravedad parece surgir de la interacción entre la virulencia de la cepa y la capacidad del sistema inmunitario del hospedador para contener la infección durante los primeros días.

¿Influyen nuestros genes?

Aunque la edad avanzada, la inmunosupresión o enfermedades como la diabetes o hipertensión aumentan el riesgo de desarrollar enfermedad neuroinvasiva, también se han identificado variantes genéticas que podrían modificar la susceptibilidad de cada individuo. Entre ellas destaca una mutación rara del gen CCR5, denominada CCR5-Δ32 (Δ32 equivale a pérdida o deleción de 32 aminoácidos, los componentes básicos de las proteínas), cuya historia ilustra hasta qué punto la relación entre genética e inmunidad puede resultar paradójica.

CCR5 tiene una doble cara: codifica para un receptor de quimiocinas, sustancias atrayentes de los leucocitos que dirigen el tráfico de estas células defensivas (como su migración hacia los tejidos infectados); y, a la vez, es un receptor del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). También sabemos que las personas portadoras de dos copias u homocigotas de la mutación CCR5-Δ32 son altamente resistentes a la infección por la mayoría de las variantes del VIH. Esta observación hizo posibles las escasas curaciones de la infección mediante trasplante de médula ósea procedentes de donantes portadores de dicha variante. La primera curación fue la del denominado paciente de Berlín.

Sin embargo, esa misma mutación podría aumentar la susceptibilidad frente al virus del Nilo Occidental. Diversos estudios experimentales han demostrado que, en ausencia de un receptor CCR5 funcional, los linfocitos migran con menor eficacia hacia el sistema nervioso central. Como consecuencia, el patógeno puede persistir durante más tiempo en el cerebro y aumentar el riesgo de desarrollar encefalitis.

Esto es un recordatorio de que la evolución rara vez genera soluciones universales. Una variante genética puede resultar beneficiosa frente a un patógeno y perjudicial frente a otro completamente distinto.

¿Ha llegado el momento de replantearse la investigación?

En mi opinión, necesitamos saber cuántas personas se infectan realmente cada verano. Se precisa conocer a fondo los factores inmunológicos que confieren protección y cómo evoluciona la inmunidad de la población tras exposiciones repetidas. Responder a estas preguntas requerirá estudios de seroprevalencia en la población general en las zonas afectadas y cohortes clínicas bien caracterizadas.

El virus del Nilo Occidental ya no representa únicamente un desafío para la vigilancia epidemiológica: se ha convertido también en una oportunidad científica para comprender por qué, frente a un mismo virus, el sistema inmunitario puede escribir historias completamente diferentes.

Narcisa Martínez Quiles no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Narcisa Martínez Quiles, Catedrática de Inmunología (UCM) y Especialista en Inmunología (Ministerio de Sanidad), Universidad Complutense de Madrid. Puedes consultar la publicación original aquí.