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SaludThe Conversation en Español

La paradoja de las vacaciones: cuanto más necesitamos descansar, más nos cuesta conseguirlo

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Publicado el 10 de agosto de 2026 a las 05:30 p. m.Actualizado el 10 de agosto de 2026 a las 05:30 p. m.
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Resumen (TL;DR)
  • Olezzo/Shutterstock
  • Todos los años nos hacemos la misma promesa: “Ya descansaré en vacaciones”. Confiamos en que dos o tres semanas sin reuniones, correos ni despertadores compensen meses de cansancio acumulado. Las vacaciones no son un taller de reparación: pueden aliviar el desgaste, pero difícilmente transformarán en unos días una forma de vida que nos agota durante todo el año.
  • Llegamos a ellas con una enorme necesidad de recuperación, pero también con expectativas difíciles de cumplir. Tenemos que desconectar, dormir bien, aprovechar cada día y regresar renovados. Cuando descansar se convierte en otra obligación aparece una nueva forma de presión.
  • Las vacaciones ayudan, pero no hacen milagros. La investigación muestra que mejoran el bienestar y reducen temporalmente el agotamiento. Sin embargo, sus efectos positivos se desvanecen a la semana de regresar al trabajo. Podemos pasar once meses acumulando cansancio y esperar que agosto lo resuelva todo, pero la recuperación no entiende de calendarios laborales. Necesita producirse a lo largo de todo el año.
  • El cuerpo se va de vacaciones antes que la mente
  • Para nuestra mente las vacaciones pueden empezar bastante después de lo que marca el calendario. Cerramos el ordenador y viajamos a otro lugar, pero continuamos repasando tareas pendientes, anticipando problemas o pensando en la bandeja de entrada que encontraremos al regresar. El cuerpo puede estar de vacaciones mientras la mente continúa en la oficina.
  • Este desfase explica por qué no siempre empezamos a descansar nada más llegar. En un estudio con trabajadores cuyas vacaciones duraron una media de 23 días, el bienestar aumentó durante los primeros días y alcanzó su punto máximo alrededor del octavo. Esto no significa que todos necesitemos una semana para desconectar, pero sí que la recuperación es gradual.
  • La investigación distingue cuatro experiencias que favorecen la recuperación del estrés laboral:
  • Desconectar mentalmente del trabajo.
  • Relajarse.
  • Realizar actividades que nos permitan aprender o sentirnos competentes.
  • Disponer de autonomía sobre nuestro tiempo.
  • Las vacaciones facilitan estas experiencias, pero no las garantizan. Podemos estar tumbados en una playa y continuar trabajando mentalmente. También podemos llenar cada día de planes, desplazamientos y compromisos hasta convertir el descanso en otra agenda que debemos completar. La recuperación no depende solo de dónde está nuestro cuerpo, sino de dónde sigue atrapada nuestra atención.
  • La expectativa de recuperarnos también puede volverse contra nosotros. Llegamos pensando que debemos dormir ocho horas, olvidarnos inmediatamente del trabajo y levantarnos cada mañana llenos de energía, pero el sueño es un proceso involuntario. No podemos dormir del mismo modo que apagamos una luz.
  • Cuanto más vigilamos si estamos descansando más difícil puede resultar abandonar el estado de alerta. Hemos llevado tan lejos la cultura del rendimiento que incluso descansar parece algo que debemos hacer perfectamente.
  • Dormir más durante las vacaciones puede hacer que nos sintamos menos cansados. Sin embargo, eso no significa que el organismo revierta de golpe todos los efectos de meses durmiendo poco. La recuperación ayuda, pero no siempre neutraliza todas las consecuencias de haber dormido poco. Un experimento mostró que dormir más durante el fin de semana producía algunas mejoras transitorias, pero no evitó las alteraciones metabólicas cuando los participantes volvieron a reducir sus horas de sueño.
  • Cambiar todas las rutinas tampoco ayuda
  • Las vacaciones no solo eliminan las obligaciones laborales. También modifican muchas de las señales que regulan nuestro sueño. Nos acostamos y levantamos más tarde, hacemos siestas prolongadas, cenamos a otra hora y pasamos más tiempo expuestos a luz artificial durante la noche. Esta flexibilidad puede ser beneficiosa, especialmente para quienes llegan con una necesidad importante de sueño. El problema aparece cuando cada día seguimos un horario distinto.
  • Nuestro sistema circadiano utiliza la luz, la actividad, las comidas y los horarios para organizar el ciclo de sueño y vigilia. Alterarlos bruscamente puede provocar una especie de jet lag social: un desajuste entre nuestro reloj biológico y los horarios que seguimos.
  • A ello se suman el calor, las cenas tardías y un mayor consumo de alcohol. Este último puede facilitar inicialmente la somnolencia, pero tiende a fragmentar el sueño conforme se metaboliza.
  • Estos cambios no convierten las vacaciones en una amenaza para el sueño, solo muestran que disponer de más tiempo para dormir no garantiza automáticamente que durmamos mejor.
  • La recuperación no debería esperar hasta agosto
  • El error de fondo consiste en tratar la recuperación como un acontecimiento anual. Nuestro organismo necesita alternar periodos de esfuerzo y descanso. Nadie pensaría que dormir bien durante quince noches permite dormir mal el resto del año. Sin embargo, aplicamos una lógica parecida a la recuperación del estrés.
  • Esta debe producirse en diferentes escalas: mediante pausas durante la jornada, desconexión al terminar de trabajar, sueño suficiente cada noche, tiempo libre semanal y vacaciones periódicas. Cada una cumple una función y ninguna sustituye a las demás.
  • Las vacaciones son fantásticas: nos devuelven autonomía, reducen las demandas laborales y nos permiten dormir más. Pero no deberían funcionar como el servicio de urgencias de nuestra vida laboral.
  • Si necesitamos escapar de nuestra vida para poder descansar, quizá el problema no sea cuánto duran las vacaciones, sino cómo vivimos el resto del año.
  • El descanso no comienza cuando hacemos la maleta. Se construye cada día, mucho antes de las vacaciones. Y si en septiembre sentimos que ya necesitamos las siguientes para recuperarnos, tal vez el problema nunca fue agosto.
  • Alfredo Rodríguez Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Olezzo/Shutterstock

Todos los años nos hacemos la misma promesa: “Ya descansaré en vacaciones”. Confiamos en que dos o tres semanas sin reuniones, correos ni despertadores compensen meses de cansancio acumulado. Las vacaciones no son un taller de reparación: pueden aliviar el desgaste, pero difícilmente transformarán en unos días una forma de vida que nos agota durante todo el año.

Llegamos a ellas con una enorme necesidad de recuperación, pero también con expectativas difíciles de cumplir. Tenemos que desconectar, dormir bien, aprovechar cada día y regresar renovados. Cuando descansar se convierte en otra obligación aparece una nueva forma de presión.

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Las vacaciones ayudan, pero no hacen milagros. La investigación muestra que mejoran el bienestar y reducen temporalmente el agotamiento. Sin embargo, sus efectos positivos se desvanecen a la semana de regresar al trabajo. Podemos pasar once meses acumulando cansancio y esperar que agosto lo resuelva todo, pero la recuperación no entiende de calendarios laborales. Necesita producirse a lo largo de todo el año.

El cuerpo se va de vacaciones antes que la mente

Para nuestra mente las vacaciones pueden empezar bastante después de lo que marca el calendario. Cerramos el ordenador y viajamos a otro lugar, pero continuamos repasando tareas pendientes, anticipando problemas o pensando en la bandeja de entrada que encontraremos al regresar. El cuerpo puede estar de vacaciones mientras la mente continúa en la oficina.

Este desfase explica por qué no siempre empezamos a descansar nada más llegar. En un estudio con trabajadores cuyas vacaciones duraron una media de 23 días, el bienestar aumentó durante los primeros días y alcanzó su punto máximo alrededor del octavo. Esto no significa que todos necesitemos una semana para desconectar, pero sí que la recuperación es gradual.

La investigación distingue cuatro experiencias que favorecen la recuperación del estrés laboral:

  1. Desconectar mentalmente del trabajo.

  2. Relajarse.

  3. Realizar actividades que nos permitan aprender o sentirnos competentes.

  4. Disponer de autonomía sobre nuestro tiempo.

Las vacaciones facilitan estas experiencias, pero no las garantizan. Podemos estar tumbados en una playa y continuar trabajando mentalmente. También podemos llenar cada día de planes, desplazamientos y compromisos hasta convertir el descanso en otra agenda que debemos completar. La recuperación no depende solo de dónde está nuestro cuerpo, sino de dónde sigue atrapada nuestra atención.

La expectativa de recuperarnos también puede volverse contra nosotros. Llegamos pensando que debemos dormir ocho horas, olvidarnos inmediatamente del trabajo y levantarnos cada mañana llenos de energía, pero el sueño es un proceso involuntario. No podemos dormir del mismo modo que apagamos una luz.

Cuanto más vigilamos si estamos descansando más difícil puede resultar abandonar el estado de alerta. Hemos llevado tan lejos la cultura del rendimiento que incluso descansar parece algo que debemos hacer perfectamente.

Dormir más durante las vacaciones puede hacer que nos sintamos menos cansados. Sin embargo, eso no significa que el organismo revierta de golpe todos los efectos de meses durmiendo poco. La recuperación ayuda, pero no siempre neutraliza todas las consecuencias de haber dormido poco. Un experimento mostró que dormir más durante el fin de semana producía algunas mejoras transitorias, pero no evitó las alteraciones metabólicas cuando los participantes volvieron a reducir sus horas de sueño.

Cambiar todas las rutinas tampoco ayuda

Las vacaciones no solo eliminan las obligaciones laborales. También modifican muchas de las señales que regulan nuestro sueño. Nos acostamos y levantamos más tarde, hacemos siestas prolongadas, cenamos a otra hora y pasamos más tiempo expuestos a luz artificial durante la noche. Esta flexibilidad puede ser beneficiosa, especialmente para quienes llegan con una necesidad importante de sueño. El problema aparece cuando cada día seguimos un horario distinto.

Nuestro sistema circadiano utiliza la luz, la actividad, las comidas y los horarios para organizar el ciclo de sueño y vigilia. Alterarlos bruscamente puede provocar una especie de jet lag social: un desajuste entre nuestro reloj biológico y los horarios que seguimos.

A ello se suman el calor, las cenas tardías y un mayor consumo de alcohol. Este último puede facilitar inicialmente la somnolencia, pero tiende a fragmentar el sueño conforme se metaboliza.

Estos cambios no convierten las vacaciones en una amenaza para el sueño, solo muestran que disponer de más tiempo para dormir no garantiza automáticamente que durmamos mejor.

La recuperación no debería esperar hasta agosto

El error de fondo consiste en tratar la recuperación como un acontecimiento anual. Nuestro organismo necesita alternar periodos de esfuerzo y descanso. Nadie pensaría que dormir bien durante quince noches permite dormir mal el resto del año. Sin embargo, aplicamos una lógica parecida a la recuperación del estrés.

Esta debe producirse en diferentes escalas: mediante pausas durante la jornada, desconexión al terminar de trabajar, sueño suficiente cada noche, tiempo libre semanal y vacaciones periódicas. Cada una cumple una función y ninguna sustituye a las demás.

Las vacaciones son fantásticas: nos devuelven autonomía, reducen las demandas laborales y nos permiten dormir más. Pero no deberían funcionar como el servicio de urgencias de nuestra vida laboral.

Si necesitamos escapar de nuestra vida para poder descansar, quizá el problema no sea cuánto duran las vacaciones, sino cómo vivimos el resto del año.

El descanso no comienza cuando hacemos la maleta. Se construye cada día, mucho antes de las vacaciones. Y si en septiembre sentimos que ya necesitamos las siguientes para recuperarnos, tal vez el problema nunca fue agosto.

Alfredo Rodríguez Muñoz no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Alfredo Rodríguez Muñoz, Catedrático de Psicología Social y de las Organizaciones, Universidad Complutense de Madrid. Puedes consultar la publicación original aquí.