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La selección: 90 aniversario de la guerra civil española

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Publicado el 27 de julio de 2026 a las 09:30 a. m.Actualizado el 27 de julio de 2026 a las 09:30 a. m.
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Resumen (TL;DR)
  • Soldado con ametralladora durante la guerra civil española. Everett Collection/Shutterstock
  • “Paz, piedad y perdón”. Hay quienes conocen este como “el discurso de las tres pes”. Fue el último de Manuel Azaña, pronunciado en el Ayuntamiento de Barcelona en el segundo aniversario del golpe de Estado que sufrió la II República española, allá por el 18 de julio de 1938. Resulta curioso, pero su llamamiento de aquel día ha sobrevivido al paso del tiempo.
  • Noventa años después del golpe de Estado que desencadenó el conflicto, aquellas tres palabras siguen resonando como el mejor antídoto frente al odio que devastó España. Azaña las pronunció desde el corazón, el mismo que le impulsó a escribir su carta de renuncia a la presidencia que dirigió al entonces presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, el 27 de febrero de 1939 en Collonges-sous Salève, en la frontera francesa con Suiza. Merece la pena detenerse unos minutos en este artículo para conocer la historia que hay detrás de su hallazgo y conservación.
  • La guerra dejó cientos de miles de muertos, millones de vidas marcadas para siempre y un legado de dolor cuyas consecuencias, en muchos casos, aún perduran.
  • Pero, nueve décadas después, aquella contienda sigue planteando preguntas que van mucho más allá de la historia militar o de los grandes acontecimientos políticos. La investigación actual dirige cada vez más la mirada hacia las personas: cómo vivieron aquel conflicto, qué consecuencias dejó en quienes lo sufrieron y de qué manera sus efectos continúan proyectándose sobre las generaciones posteriores.
  • Una de las líneas de trabajo que más interés ha despertado en los últimos años es el estudio del trauma psicológico. Durante décadas, las secuelas emocionales de la guerra apenas ocuparon espacio en el debate público. Sin embargo, distintos equipos de investigación tratan ahora de comprender cómo el miedo, la violencia, la represión o el exilio pudieron condicionar la salud mental de quienes los padecieron e incluso influir en sus descendientes. En este artículo se habla de un proyecto que pretende sacar a la luz las secuelas que todavía perviven en familiares de segunda a cuarta generación de víctimas del franquismo.
  • El silencio impuesto durante años, unido a la dificultad para elaborar el duelo, hace pensar que muchas de esas heridas permanecieron ocultas durante décadas.
  • Frente a la imagen de verdugos movidos únicamente por el fanatismo, algunos estudios como el que nos detalla Francisco Jorge Leira Castiñeira, de la Universidad Carlos III, analizan cómo miles de hombres sin experiencia militar fueron incorporados por la fuerza a los ejércitos y terminaron participando en episodios de enorme brutalidad. Comprender los mecanismos psicológicos, sociales y políticos que transforman a ciudadanos corrientes en perpetradores resulta esencial no solo para interpretar el pasado, sino también para prevenir que procesos similares vuelvan a repetirse.
  • Otra historia que nos sigue sobrecogiendo en este 90 aniversario es la de los llamados “niños de la guerra”. Miles de menores fueron evacuados al extranjero para escapar de los bombardeos y muchos nunca regresaron a España, como los 456 hijos de republicanos denominados “niños de Morelia” (México). O los casi 3 000 menores españoles trasladados a la Unión Soviética entre 1937 y 1938.
  • La experiencia de los niños de la guerra marcó profundamente sus vidas y también la literatura que muchos escribieron años después, tal y como escribe la investigadora Maravillas Moreno Amor, de la Universidad de Murcia. Sus recuerdos constituyen hoy un valioso testimonio sobre el desarraigo, la pérdida de la infancia y la construcción de una identidad entre dos países.
  • “España que perdimos, no nos pierdas”, dice uno de los versos más memorables del poema Entre España y México (1939), escrito por el poeta alcarreño Pedro Garfias durante el exilio republicano. Esa frase se repitió durante años por todos aquellos que tuvieron que dejar su tierra huyendo de la represión franquista.
  • Los historiadores siguen ampliando las fronteras del conocimiento sobre la Guerra Civil. El acceso a nuevos archivos, la digitalización masiva de documentos, las técnicas de análisis de grandes bases de datos o la incorporación de nuevas disciplinas están permitiendo formular preguntas diferentes a las de hace solo unas décadas. La investigación ya no se limita a reconstruir qué ocurrió, sino que intenta comprender cómo afectó a la vida cotidiana, a las emociones y a la memoria colectiva.
  • Todo ello sin olvidar que la violencia no terminó con el final de la guerra. La dictadura franquista desarrolló un amplio sistema represivo –como nos cuenta el investigador Cristian Sánchez Benítez, de la Universidad de Jaén– que combinó ejecuciones, encarcelamientos, trabajos forzados, depuraciones profesionales, exilio y control social.
  • Aquella represión buscaba castigar a los vencidos, pero también moldear el comportamiento de toda la sociedad mediante el miedo.
  • Noventa años después, la historia sigue recordándonos que ninguna investigación sobre la Guerra Civil encontrará una conclusión más necesaria que aquellas tres palabras de Manuel Azaña: paz, piedad y perdón.

Soldado con ametralladora durante la guerra civil española. Everett Collection/Shutterstock

“Paz, piedad y perdón”. Hay quienes conocen este como “el discurso de las tres pes”. Fue el último de Manuel Azaña, pronunciado en el Ayuntamiento de Barcelona en el segundo aniversario del golpe de Estado que sufrió la II República española, allá por el 18 de julio de 1938. Resulta curioso, pero su llamamiento de aquel día ha sobrevivido al paso del tiempo.

Noventa años después del golpe de Estado que desencadenó el conflicto, aquellas tres palabras siguen resonando como el mejor antídoto frente al odio que devastó España. Azaña las pronunció desde el corazón, el mismo que le impulsó a escribir su carta de renuncia a la presidencia que dirigió al entonces presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, el 27 de febrero de 1939 en Collonges-sous Salève, en la frontera francesa con Suiza. Merece la pena detenerse unos minutos en este artículo para conocer la historia que hay detrás de su hallazgo y conservación.

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La guerra dejó cientos de miles de muertos, millones de vidas marcadas para siempre y un legado de dolor cuyas consecuencias, en muchos casos, aún perduran.

Pero, nueve décadas después, aquella contienda sigue planteando preguntas que van mucho más allá de la historia militar o de los grandes acontecimientos políticos. La investigación actual dirige cada vez más la mirada hacia las personas: cómo vivieron aquel conflicto, qué consecuencias dejó en quienes lo sufrieron y de qué manera sus efectos continúan proyectándose sobre las generaciones posteriores.

Una de las líneas de trabajo que más interés ha despertado en los últimos años es el estudio del trauma psicológico. Durante décadas, las secuelas emocionales de la guerra apenas ocuparon espacio en el debate público. Sin embargo, distintos equipos de investigación tratan ahora de comprender cómo el miedo, la violencia, la represión o el exilio pudieron condicionar la salud mental de quienes los padecieron e incluso influir en sus descendientes. En este artículo se habla de un proyecto que pretende sacar a la luz las secuelas que todavía perviven en familiares de segunda a cuarta generación de víctimas del franquismo.

El silencio impuesto durante años, unido a la dificultad para elaborar el duelo, hace pensar que muchas de esas heridas permanecieron ocultas durante décadas.

Frente a la imagen de verdugos movidos únicamente por el fanatismo, algunos estudios como el que nos detalla Francisco Jorge Leira Castiñeira, de la Universidad Carlos III, analizan cómo miles de hombres sin experiencia militar fueron incorporados por la fuerza a los ejércitos y terminaron participando en episodios de enorme brutalidad. Comprender los mecanismos psicológicos, sociales y políticos que transforman a ciudadanos corrientes en perpetradores resulta esencial no solo para interpretar el pasado, sino también para prevenir que procesos similares vuelvan a repetirse.

Otra historia que nos sigue sobrecogiendo en este 90 aniversario es la de los llamados “niños de la guerra”. Miles de menores fueron evacuados al extranjero para escapar de los bombardeos y muchos nunca regresaron a España, como los 456 hijos de republicanos denominados “niños de Morelia” (México). O los casi 3 000 menores españoles trasladados a la Unión Soviética entre 1937 y 1938.

La experiencia de los niños de la guerra marcó profundamente sus vidas y también la literatura que muchos escribieron años después, tal y como escribe la investigadora Maravillas Moreno Amor, de la Universidad de Murcia. Sus recuerdos constituyen hoy un valioso testimonio sobre el desarraigo, la pérdida de la infancia y la construcción de una identidad entre dos países.

“España que perdimos, no nos pierdas”, dice uno de los versos más memorables del poema Entre España y México (1939), escrito por el poeta alcarreño Pedro Garfias durante el exilio republicano. Esa frase se repitió durante años por todos aquellos que tuvieron que dejar su tierra huyendo de la represión franquista.

Los historiadores siguen ampliando las fronteras del conocimiento sobre la Guerra Civil. El acceso a nuevos archivos, la digitalización masiva de documentos, las técnicas de análisis de grandes bases de datos o la incorporación de nuevas disciplinas están permitiendo formular preguntas diferentes a las de hace solo unas décadas. La investigación ya no se limita a reconstruir qué ocurrió, sino que intenta comprender cómo afectó a la vida cotidiana, a las emociones y a la memoria colectiva.

Todo ello sin olvidar que la violencia no terminó con el final de la guerra. La dictadura franquista desarrolló un amplio sistema represivo –como nos cuenta el investigador Cristian Sánchez Benítez, de la Universidad de Jaén– que combinó ejecuciones, encarcelamientos, trabajos forzados, depuraciones profesionales, exilio y control social.

Aquella represión buscaba castigar a los vencidos, pero también moldear el comportamiento de toda la sociedad mediante el miedo.

Noventa años después, la historia sigue recordándonos que ninguna investigación sobre la Guerra Civil encontrará una conclusión más necesaria que aquellas tres palabras de Manuel Azaña: paz, piedad y perdón.

⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Lola Delgado, Editora de Política y Sociedad, The Conversation. Puedes consultar la publicación original aquí.