Lo que sabemos sobre el impacto de los protectores solares en los corales
- •Wonderful Nature/Shutterstock
- •¿Se han fijado alguna vez en los reflejos de grasa arcoíris que flotan sobre el agua en las playas y las piscinas? Es el protector solar, que se desprende de nuestra piel y se queda en la superficie. La imagen es bonita y, a la vez, un poco incómoda. Desde hace unos años, alimenta un titular que reaparece cada verano: “La crema solar está matando los corales”. ¿Pero qué evidencias tiene la ciencia sobre ello?
- •Lo que de verdad sabemos ahora
- •La oxibenzona es el filtro ultravioleta más estudiado. Llegó a estar en la mayoría de las cremas, aunque hoy, tras la presión regulatoria, apenas queda en una de cada diez. Durante años, los experimentos mostraron que este compuesto blanqueaba corales en el laboratorio, pero nadie sabía por qué. Eso importa: sin conocer el mecanismo, no se puede diseñar una alternativa segura, y es fácil que la sospecha se convierta en dogma.
- •En mayo de 2022, un equipo de la Universidad de Stanford lo resolvió y publicó el resultado en Science. La oxibenzona absorbe la radiación ultravioleta y disipa la energía en forma de calor, que es precisamente lo que queremos que haga en nuestra piel. El problema es que, cuando entra en las células de una anémona o de un coral, el animal la metaboliza: le engancha una molécula de azúcar y la transforma en un compuesto que es inofensivo en la oscuridad y fototóxico bajo la luz solar.
- •Y aquí llega el detalle que lo cambia todo. Las algas simbióticas que viven dentro del coral –las mismas que le dan color y de las que se alimenta– secuestran ese tóxico y protegen al animal. Cuando el coral pierde esas algas, es decir, se blanquea por el aumento de las temperaturas, queda sin ese escudo. En los experimentos, las anémonas blanqueadas morían unas cinco veces más rápido que las sanas.
- •Así, el protector solar es especialmente dañino justo para los corales que el calentamiento ya ha debilitado.
- •La parte que los titulares se saltan
- •Circulan datos espectaculares: 20 000 toneladas de crema al año solo en el Mediterráneo norte. Pero hay una trampa de escala.
- •Las concentraciones de filtros UV que se miden de verdad en el agua del mar están, en la mayoría de los casos, en el orden de nanogramos por litro. Buena parte de los estudios de laboratorio que demuestran toxicidad usan concentraciones de microgramos o, incluso, de miligramos por litro: entre diez y mil veces más altas que las que un coral encuentra realmente en el océano. No es un detalle menor: es la diferencia entre “tóxico” y “tóxico en las condiciones que importan”.
- •Por eso, cuando se ordenan las amenazas reales a los arrecifes, los filtros solares aparecen muy abajo de la lista. Arriba están, sin discusión, el calentamiento del agua, la contaminación por nutrientes de aguas residuales y fertilizantes, y la sobrepesca. Un arrecife no se salva cambiando de crema. Quien diga lo contrario nos está vendiendo algo –normalmente, otra crema–.
- •Entonces, ¿es un problema o no?
- •Por tanto, sí hablamos de un problema, pero uno local y acotado, no un apocalipsis global. La toxicidad es real y ya está bien caracterizada; lo que no es real es la película de que la humanidad “unta” los océanos hasta matarlos. El riesgo se concentra donde coinciden tres cosas: agua poco profunda, muchísima gente y poca renovación. Un cenote cerrado en Yucatán, una cala abarrotada, la laguna somera de un arrecife en temporada alta. Ahí las concentraciones sí pueden dispararse –por ejemplo, en playas turísticas de Gran Canaria se han medido niveles que suponen un riesgo ambiental apreciable–. Además, en estos lugares es donde, a menudo, hay corales que ya estaban al límite por el calor. Es el peor cóctel posible.
- •En sitios así, prohibir ciertos filtros tiene sentido. Hawái vetó la oxibenzona y el octinoxato, y Palau, Bonaire o algunos cenotes mexicanos han ido más lejos. Por su parte, la Unión Europea incluyó en 2022 la oxibenzona, el octocrileno y la avobenzona en su lista de vigilancia de aguas superficiales. Son medidas modestas –un político local no puede legislar el clima, pero sí puede legislar lo que entra en el agua de su playa– y no está mal reconocerlas por lo que son: la palanca pequeña que sí está a su alcance.
- •La trampa del “reef-safe”
- •Aquí es donde conviene desconfiar del marketing. La etiqueta “reef-safe” (o “respetuoso con los arrecifes”) no tiene una definición legal. Nadie la regula. Muchos productos que la lucen se han limitado a quitar la oxibenzona y siguen usando otros filtros orgánicos apenas estudiados.
- •¿Y los protectores solares minerales, esos que prometen ser la alternativa natural? Cuidado también. La agencia estadounidense de medicamentos (FDA) solo reconoce como seguros y eficaces el óxido de zinc y el dióxido de titanio –pero eso se refiere a la seguridad para nuestra piel, no para el coral, que es otra cuestión–.
- •¿Cómo afectan los protectores solares al medioambiente?
- •Sobre el coral, los datos son incómodos: las nanopartículas de óxido de zinc provocan un blanqueamiento rápido de los corales tropicales y el nanodióxido de titanio sin recubrir puede expulsar las algas simbióticas. Ahora bien, seamos coherentes: esos experimentos usaron 6,3 miligramos por litro, unas cuatro mil veces más que lo que se mide en el mar.
- •La conclusión honesta no es que el zinc arrase los arrecifes, sino algo más modesto y más útil: “mineral” no es sinónimo de “inocuo” y la etiqueta “natural” no está avalada por evidencia en organismos marinos. Los propios autores del trabajo en Science lo dicen sin rodeos: no está nada claro que los filtros solares metálicos sean más seguros para los arrecifes que los orgánicos.
- •Qué meter en la mochila de la playa
- •No voy a decirles que dejen de usar protector solar. El cáncer de piel no es un titular exagerado: es real, frecuente y prevenible. Renunciar al filtro UV para salvar un arrecife a mil kilómetros sería un pésimo negocio biológico.
- •En busca de protectores solares más naturales, eficaces y respetuosos con el medio ambiente
- •Lo sensato es más aburrido y más eficaz: cubrirse con ropa y buscar la sombra, reservar la crema para las zonas expuestas más pequeñas, evitar la oxibenzona, el octinoxato y el octocrileno cuando vayan a bañarse en aguas cerradas y con corales, y –sobre todo– leer los ingredientes en la parte de atrás en vez de fiarse del reclamo de la parte de delante del envase.
- •Y mantener la proporción. Si de verdad le preocupan los arrecifes, lo que lleva en la mochila de playa es la última de sus decisiones importantes. La primera, con enorme diferencia, es cuánto carbono emitimos entre todos.
- •Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
¿Se han fijado alguna vez en los reflejos de grasa arcoíris que flotan sobre el agua en las playas y las piscinas? Es el protector solar, que se desprende de nuestra piel y se queda en la superficie. La imagen es bonita y, a la vez, un poco incómoda. Desde hace unos años, alimenta un titular que reaparece cada verano: “La crema solar está matando los corales”. ¿Pero qué evidencias tiene la ciencia sobre ello?
Lo que de verdad sabemos ahora
La oxibenzona es el filtro ultravioleta más estudiado. Llegó a estar en la mayoría de las cremas, aunque hoy, tras la presión regulatoria, apenas queda en una de cada diez. Durante años, los experimentos mostraron que este compuesto blanqueaba corales en el laboratorio, pero nadie sabía por qué. Eso importa: sin conocer el mecanismo, no se puede diseñar una alternativa segura, y es fácil que la sospecha se convierta en dogma.
En mayo de 2022, un equipo de la Universidad de Stanford lo resolvió y publicó el resultado en Science. La oxibenzona absorbe la radiación ultravioleta y disipa la energía en forma de calor, que es precisamente lo que queremos que haga en nuestra piel. El problema es que, cuando entra en las células de una anémona o de un coral, el animal la metaboliza: le engancha una molécula de azúcar y la transforma en un compuesto que es inofensivo en la oscuridad y fototóxico bajo la luz solar.
Y aquí llega el detalle que lo cambia todo. Las algas simbióticas que viven dentro del coral –las mismas que le dan color y de las que se alimenta– secuestran ese tóxico y protegen al animal. Cuando el coral pierde esas algas, es decir, se blanquea por el aumento de las temperaturas, queda sin ese escudo. En los experimentos, las anémonas blanqueadas morían unas cinco veces más rápido que las sanas.
Así, el protector solar es especialmente dañino justo para los corales que el calentamiento ya ha debilitado.
La parte que los titulares se saltan
Circulan datos espectaculares: 20 000 toneladas de crema al año solo en el Mediterráneo norte. Pero hay una trampa de escala.
Las concentraciones de filtros UV que se miden de verdad en el agua del mar están, en la mayoría de los casos, en el orden de nanogramos por litro. Buena parte de los estudios de laboratorio que demuestran toxicidad usan concentraciones de microgramos o, incluso, de miligramos por litro: entre diez y mil veces más altas que las que un coral encuentra realmente en el océano. No es un detalle menor: es la diferencia entre “tóxico” y “tóxico en las condiciones que importan”.
Por eso, cuando se ordenan las amenazas reales a los arrecifes, los filtros solares aparecen muy abajo de la lista. Arriba están, sin discusión, el calentamiento del agua, la contaminación por nutrientes de aguas residuales y fertilizantes, y la sobrepesca. Un arrecife no se salva cambiando de crema. Quien diga lo contrario nos está vendiendo algo –normalmente, otra crema–.
Entonces, ¿es un problema o no?
Por tanto, sí hablamos de un problema, pero uno local y acotado, no un apocalipsis global. La toxicidad es real y ya está bien caracterizada; lo que no es real es la película de que la humanidad “unta” los océanos hasta matarlos. El riesgo se concentra donde coinciden tres cosas: agua poco profunda, muchísima gente y poca renovación. Un cenote cerrado en Yucatán, una cala abarrotada, la laguna somera de un arrecife en temporada alta. Ahí las concentraciones sí pueden dispararse –por ejemplo, en playas turísticas de Gran Canaria se han medido niveles que suponen un riesgo ambiental apreciable–. Además, en estos lugares es donde, a menudo, hay corales que ya estaban al límite por el calor. Es el peor cóctel posible.
En sitios así, prohibir ciertos filtros tiene sentido. Hawái vetó la oxibenzona y el octinoxato, y Palau, Bonaire o algunos cenotes mexicanos han ido más lejos. Por su parte, la Unión Europea incluyó en 2022 la oxibenzona, el octocrileno y la avobenzona en su lista de vigilancia de aguas superficiales. Son medidas modestas –un político local no puede legislar el clima, pero sí puede legislar lo que entra en el agua de su playa– y no está mal reconocerlas por lo que son: la palanca pequeña que sí está a su alcance.
La trampa del “reef-safe”
Aquí es donde conviene desconfiar del marketing. La etiqueta “reef-safe” (o “respetuoso con los arrecifes”) no tiene una definición legal. Nadie la regula. Muchos productos que la lucen se han limitado a quitar la oxibenzona y siguen usando otros filtros orgánicos apenas estudiados.
¿Y los protectores solares minerales, esos que prometen ser la alternativa natural? Cuidado también. La agencia estadounidense de medicamentos (FDA) solo reconoce como seguros y eficaces el óxido de zinc y el dióxido de titanio –pero eso se refiere a la seguridad para nuestra piel, no para el coral, que es otra cuestión–.
Leer más: ¿Cómo afectan los protectores solares al medioambiente?
Sobre el coral, los datos son incómodos: las nanopartículas de óxido de zinc provocan un blanqueamiento rápido de los corales tropicales y el nanodióxido de titanio sin recubrir puede expulsar las algas simbióticas. Ahora bien, seamos coherentes: esos experimentos usaron 6,3 miligramos por litro, unas cuatro mil veces más que lo que se mide en el mar.
La conclusión honesta no es que el zinc arrase los arrecifes, sino algo más modesto y más útil: “mineral” no es sinónimo de “inocuo” y la etiqueta “natural” no está avalada por evidencia en organismos marinos. Los propios autores del trabajo en Science lo dicen sin rodeos: no está nada claro que los filtros solares metálicos sean más seguros para los arrecifes que los orgánicos.
Qué meter en la mochila de la playa
No voy a decirles que dejen de usar protector solar. El cáncer de piel no es un titular exagerado: es real, frecuente y prevenible. Renunciar al filtro UV para salvar un arrecife a mil kilómetros sería un pésimo negocio biológico.
Leer más: En busca de protectores solares más naturales, eficaces y respetuosos con el medio ambiente
Lo sensato es más aburrido y más eficaz: cubrirse con ropa y buscar la sombra, reservar la crema para las zonas expuestas más pequeñas, evitar la oxibenzona, el octinoxato y el octocrileno cuando vayan a bañarse en aguas cerradas y con corales, y –sobre todo– leer los ingredientes en la parte de atrás en vez de fiarse del reclamo de la parte de delante del envase.
Y mantener la proporción. Si de verdad le preocupan los arrecifes, lo que lleva en la mochila de playa es la última de sus decisiones importantes. La primera, con enorme diferencia, es cuánto carbono emitimos entre todos.
Antonio Figueras Huerta no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Antonio Figueras Huerta, Profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC). Puedes consultar la publicación original aquí.
