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Los niños de la guerra: una historia desconocida del exilio literario republicano

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Publicado el 17 de julio de 2026 a las 12:30 a. m.Actualizado el 17 de julio de 2026 a las 12:30 a. m.
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Resumen (TL;DR)
  • Recopilación de fotos de niños españoles que se exiliaron en México durante la guerra civil. MaríaJoséFelgueresPlanells/Wikimedia Commons, CC BY-SA
  • Sobre el escenario del teatro, un policía golpea a un estudiante. Lo muele a palos hasta que, al final, acaba tirándolo por una ventana. Un personaje lee cómo las autoridades dirán después que fue un accidente, que el joven se arrojó por propia voluntad.
  • Aunque la narración parece evocar el asesinato a manos de la Brigada Político-Social franquista del estudiante de Derecho Enrique Ruano, en realidad se trata de una escena ficticia de la obra de teatro Esta noche juntos, amándonos tanto, de Maruxa Vilalta. En esta pieza de 1970, la autora aprovecha para denunciar la represión de los estudiantes, un asunto que interpelaba tanto al país en el que vivía, México, como a su nación de origen, España, y que transcurría en un contexto mundial marcado por el Mayo del 68 francés y la Masacre de Tlatelolco.
  • Vilalta, como muchos otros compañeros de generación, escribió sobre España sin especificar que hablaba de ella.
  • La segunda generación
  • Se cumplen 90 años del golpe de Estado que desencadenó la guerra civil española. El aniversario invita a recordar uno de los efectos más dramáticos del conflicto bélico: el inicio del éxodo de medio millón de ciudadanos, muchos de los cuales permanecieron ya para siempre en su país de acogida. Las campañas de depuración política y represión contra los opositores se extendieron más allá de aquellos que tuvieron una clara implicación en el conflicto. Todos los miembros de una misma familia terminaban pagando un precio altísimo, aunque solo uno hubiera tenido militancia política.
  • Ante la amenaza, muchas personas optaron por huir para salvar la vida, preservar la libertad y escapar del ostracismo. La salida de España se produjo en un principio por vía terrestre, hacia Francia, y más tarde a través de los llamados “barcos del exilio”, como el Ipanema o el Sinaia, con destino al continente americano y, muy frecuentemente, a México.
  • Imagen de la cubierta del buque ‘Sinaia’ repleta de exiliados republicanos españoles a su llegada a México en 1939.
  • Wikimedia Commons, CC BY
  • En esos barcos convivían dos generaciones. Por un lado, viajaban personas reconocidas en sus respectivos campos profesionales y con un vínculo identitario profundo con España. Entre ellos figuran nombres como Juan Ramón Jiménez, María Teresa León, Luis Cernuda, María Zambrano o Max Aub, que siguieron ocupando posiciones relevantes en el ámbito cultural a ambos lados del Atlántico. Pero también viajaban niños, demasiado pequeños para guardar un recuerdo nítido del país que dejaban atrás.
  • A pesar de ello, el exilio los acompañó toda la vida: en los rituales de memoria familiar, en los distintos espacios de socialización, en los relatos compartidos y también como una condición que definiría su identidad a medio camino entre dos mundos. En ellos nació la inevitable idealización de un pasado y una patria que solo podían reconstruir a partir de la imaginación y los recuerdos prestados de sus mayores.
  • Además, pervivía entre ellos cierto deber ético de denunciar lo que en la España de Franco seguía ocurriendo, aunque no siempre con una referencia explícita.
  • No ser de ningún sitio del todo
  • Sin embargo, en España el interés por estudiar a esos niños de la guerra ha sido escaso y hoy siguen siendo prácticamente unos desconocidos en el país de sus padres. Incluso los estudios culturales de la memoria han obviado a aquellos que después se dedicaron a profesiones creativas, específicamente a la literatura.
  • Este olvido se explica, en parte, por la duda acerca de hasta qué punto el exilio influyó realmente en sus expresiones artísticas, dado que se produjo en una etapa tan temprana de la vida. Porque… ¿es posible construir una memoria sin recuerdo propio, es decir, reconstruir y apropiarse de un trauma que ha sido heredado o transmitido?
  • Precisamente volver la mirada hacia los niños de la guerra abre un debate más amplio: cómo la huella de un trauma histórico puede atravesar generaciones, persistir en el tiempo e incluso volverse más intensa entre quienes sufren un doble desarraigo y no logran sentirse del todo parte de ningún lugar por ser una mezcla de todos ellos.
  • En este sentido, la segunda generación es, como escribió el ensayista José Ramón Marra-López en 1965, el grupo “más exiliado de todos, sin encontrarse en parte alguna, ni siquiera en la región de los recuerdos”. Y lo es por varias razones.
  • Por un lado, estos niños de la guerra desarrollaron una identidad doble que generó un no-lugar. Su ambiente cultural y familiar contrastaba con los entornos en los que crecieron y se relacionaron fuera del hogar.
  • Además, muchos de quienes se dedicaron después a la escritura dirigieron sus obras a lectores que no eran españoles. Sin embargo, al mismo tiempo se sentían atraídos por la búsqueda de sus raíces, por ese país que les habían dicho que era el suyo. Debían encontrar una forma de expresión que interpelara a su entorno inmediato y, a la vez, articulara la memoria de una España que para ellos era más imaginada que real.
  • Algunos miembros de la segunda generación del exilio en un homenaje organizado por Ateneo Español de México en 1994.
  • Archivo Histórico Ateneo Español en México, CC BY-SA
  • Esta condición fronteriza derivó con frecuencia en lo que podríamos llamar una memoria multidireccional. En la obra de muchos escritores de esta generación, como Maruxa Vilalta, Angelina Muñiz-Huberman, Ramón Xirau o Teresa Gracia, se percibe un lenguaje universal que les permite tratar temas ligados a un compromiso ético surgido de la experiencia en el exilio (como guerras, dictaduras o violencia política).
  • Lo hacen, sin embargo, sin localismos ni referencias históricas que exijan conocer en detalle los sucesos españoles. Es habitual, además, que recuperen episodios de su tiempo para activar el recuerdo de otras épocas y otros conflictos. En definitiva, hacen memoria desde la abstracción o desde la actualización del símbolo, no tanto desde la referencia expresa.
  • Lo resume con claridad Angelina Muñiz-Huberman en estos versos de “Éxodo”, dentro del poemario Vilano al viento. Poemas del amor y del exilio, que vio la luz en 1982, justo cuando en España la Transición se daba por terminada:
  • “Y cuando quisimos,
  • por lo menos,
  • tener un recuerdo,
  • solo recordamos
  • que no habíamos traído
  • ni un solo recuerdo”.
  • Recuperar sus voces
  • Estas estrategias artísticas han dificultado que la segunda generación encontrara su lugar en los cánones literarios. A pesar de los esfuerzos de algunos investigadores, en España la historiografía hegemónica ha sido poco proclive a incorporar estas voces. No les ha considerado propiamente españoles por una cuestión biológica (se fueron siendo niños o incluso nacieron ya en el exilio) y, además, en muchos de sus textos resulta difícil encontrar una referencia explícita a la patria perdida.
  • Pero tampoco los sistemas literarios de los países de acogida los han integrado con facilidad. Sus preocupaciones éticas, heredadas del proyecto político de sus mayores, se suman a su compleja identidad nacional para expulsarlos, una vez más, del canon. Esta frase de uno de ellos, el escritor Luis Rius, resume bien su posición:
  • “Era demasiado temprano para que, al llegar a México, fuéramos ya, como nuestros padres, españoles; y demasiado tarde para poder ser mexicanos”.
  • Por eso, a 90 años del comienzo del exilio, España tiene una deuda pendiente con los niños de la guerra. Reconocerla implica aceptar que no siempre hace falta tener un recuerdo explícito para hacer un ejercicio de memoria sobre el trauma. La forma en la que estos creadores expresaron su condición de exiliados se asienta, necesariamente, en la superación de una identidad única y en la consolidación de una memoria que dialoga con otras heridas, otros tiempos y otros lenguajes.
  • ¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.
  • Maravillas Moreno Amor no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Recopilación de fotos de niños españoles que se exiliaron en México durante la guerra civil. MaríaJoséFelgueresPlanells/Wikimedia Commons, CC BY-SA

Sobre el escenario del teatro, un policía golpea a un estudiante. Lo muele a palos hasta que, al final, acaba tirándolo por una ventana. Un personaje lee cómo las autoridades dirán después que fue un accidente, que el joven se arrojó por propia voluntad.

Aunque la narración parece evocar el asesinato a manos de la Brigada Político-Social franquista del estudiante de Derecho Enrique Ruano, en realidad se trata de una escena ficticia de la obra de teatro Esta noche juntos, amándonos tanto, de Maruxa Vilalta. En esta pieza de 1970, la autora aprovecha para denunciar la represión de los estudiantes, un asunto que interpelaba tanto al país en el que vivía, México, como a su nación de origen, España, y que transcurría en un contexto mundial marcado por el Mayo del 68 francés y la Masacre de Tlatelolco.

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Vilalta, como muchos otros compañeros de generación, escribió sobre España sin especificar que hablaba de ella.

La segunda generación

Se cumplen 90 años del golpe de Estado que desencadenó la guerra civil española. El aniversario invita a recordar uno de los efectos más dramáticos del conflicto bélico: el inicio del éxodo de medio millón de ciudadanos, muchos de los cuales permanecieron ya para siempre en su país de acogida. Las campañas de depuración política y represión contra los opositores se extendieron más allá de aquellos que tuvieron una clara implicación en el conflicto. Todos los miembros de una misma familia terminaban pagando un precio altísimo, aunque solo uno hubiera tenido militancia política.

Ante la amenaza, muchas personas optaron por huir para salvar la vida, preservar la libertad y escapar del ostracismo. La salida de España se produjo en un principio por vía terrestre, hacia Francia, y más tarde a través de los llamados “barcos del exilio”, como el Ipanema o el Sinaia, con destino al continente americano y, muy frecuentemente, a México.

Imagen de la cubierta del buque ‘Sinaia’ repleta de exiliados republicanos españoles a su llegada a México en 1939. Wikimedia Commons, CC BY

En esos barcos convivían dos generaciones. Por un lado, viajaban personas reconocidas en sus respectivos campos profesionales y con un vínculo identitario profundo con España. Entre ellos figuran nombres como Juan Ramón Jiménez, María Teresa León, Luis Cernuda, María Zambrano o Max Aub, que siguieron ocupando posiciones relevantes en el ámbito cultural a ambos lados del Atlántico. Pero también viajaban niños, demasiado pequeños para guardar un recuerdo nítido del país que dejaban atrás.

A pesar de ello, el exilio los acompañó toda la vida: en los rituales de memoria familiar, en los distintos espacios de socialización, en los relatos compartidos y también como una condición que definiría su identidad a medio camino entre dos mundos. En ellos nació la inevitable idealización de un pasado y una patria que solo podían reconstruir a partir de la imaginación y los recuerdos prestados de sus mayores.

Además, pervivía entre ellos cierto deber ético de denunciar lo que en la España de Franco seguía ocurriendo, aunque no siempre con una referencia explícita.

No ser de ningún sitio del todo

Sin embargo, en España el interés por estudiar a esos niños de la guerra ha sido escaso y hoy siguen siendo prácticamente unos desconocidos en el país de sus padres. Incluso los estudios culturales de la memoria han obviado a aquellos que después se dedicaron a profesiones creativas, específicamente a la literatura.

Este olvido se explica, en parte, por la duda acerca de hasta qué punto el exilio influyó realmente en sus expresiones artísticas, dado que se produjo en una etapa tan temprana de la vida. Porque… ¿es posible construir una memoria sin recuerdo propio, es decir, reconstruir y apropiarse de un trauma que ha sido heredado o transmitido?

Precisamente volver la mirada hacia los niños de la guerra abre un debate más amplio: cómo la huella de un trauma histórico puede atravesar generaciones, persistir en el tiempo e incluso volverse más intensa entre quienes sufren un doble desarraigo y no logran sentirse del todo parte de ningún lugar por ser una mezcla de todos ellos.

En este sentido, la segunda generación es, como escribió el ensayista José Ramón Marra-López en 1965, el grupo “más exiliado de todos, sin encontrarse en parte alguna, ni siquiera en la región de los recuerdos”. Y lo es por varias razones.

Por un lado, estos niños de la guerra desarrollaron una identidad doble que generó un no-lugar. Su ambiente cultural y familiar contrastaba con los entornos en los que crecieron y se relacionaron fuera del hogar.

Además, muchos de quienes se dedicaron después a la escritura dirigieron sus obras a lectores que no eran españoles. Sin embargo, al mismo tiempo se sentían atraídos por la búsqueda de sus raíces, por ese país que les habían dicho que era el suyo. Debían encontrar una forma de expresión que interpelara a su entorno inmediato y, a la vez, articulara la memoria de una España que para ellos era más imaginada que real.

Algunos miembros de la segunda generación del exilio en un homenaje organizado por Ateneo Español de México en 1994. Archivo Histórico Ateneo Español en México, CC BY-SA

Esta condición fronteriza derivó con frecuencia en lo que podríamos llamar una memoria multidireccional. En la obra de muchos escritores de esta generación, como Maruxa Vilalta, Angelina Muñiz-Huberman, Ramón Xirau o Teresa Gracia, se percibe un lenguaje universal que les permite tratar temas ligados a un compromiso ético surgido de la experiencia en el exilio (como guerras, dictaduras o violencia política).

Lo hacen, sin embargo, sin localismos ni referencias históricas que exijan conocer en detalle los sucesos españoles. Es habitual, además, que recuperen episodios de su tiempo para activar el recuerdo de otras épocas y otros conflictos. En definitiva, hacen memoria desde la abstracción o desde la actualización del símbolo, no tanto desde la referencia expresa.

Lo resume con claridad Angelina Muñiz-Huberman en estos versos de “Éxodo”, dentro del poemario Vilano al viento. Poemas del amor y del exilio, que vio la luz en 1982, justo cuando en España la Transición se daba por terminada:

“Y cuando quisimos,

por lo menos,

tener un recuerdo,

solo recordamos

que no habíamos traído

ni un solo recuerdo”.

Recuperar sus voces

Estas estrategias artísticas han dificultado que la segunda generación encontrara su lugar en los cánones literarios. A pesar de los esfuerzos de algunos investigadores, en España la historiografía hegemónica ha sido poco proclive a incorporar estas voces. No les ha considerado propiamente españoles por una cuestión biológica (se fueron siendo niños o incluso nacieron ya en el exilio) y, además, en muchos de sus textos resulta difícil encontrar una referencia explícita a la patria perdida.

Pero tampoco los sistemas literarios de los países de acogida los han integrado con facilidad. Sus preocupaciones éticas, heredadas del proyecto político de sus mayores, se suman a su compleja identidad nacional para expulsarlos, una vez más, del canon. Esta frase de uno de ellos, el escritor Luis Rius, resume bien su posición:

“Era demasiado temprano para que, al llegar a México, fuéramos ya, como nuestros padres, españoles; y demasiado tarde para poder ser mexicanos”.

Por eso, a 90 años del comienzo del exilio, España tiene una deuda pendiente con los niños de la guerra. Reconocerla implica aceptar que no siempre hace falta tener un recuerdo explícito para hacer un ejercicio de memoria sobre el trauma. La forma en la que estos creadores expresaron su condición de exiliados se asienta, necesariamente, en la superación de una identidad única y en la consolidación de una memoria que dialoga con otras heridas, otros tiempos y otros lenguajes.


¿Quiere recibir más artículos como este? Suscríbase a Suplemento Cultural y reciba la actualidad cultural y una selección de los mejores artículos de historia, literatura, cine, arte o música, seleccionados por nuestra editora de Arte + Humanidades Claudia Lorenzo.


Maravillas Moreno Amor no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Maravillas Moreno Amor, Investigadora colaboradora del Grupo ESPLIN: Escrituras Plurales: Intertextualidad e Interdisciplinariedad, Universidad de Murcia. Puedes consultar la publicación original aquí.