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Ni castigar ni ceder al miedo: cómo enfrentarse a la violencia de hijos contra padres

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Publicado el 20 de agosto de 2026 a las 05:30 p. m.Actualizado el 20 de agosto de 2026 a las 05:30 p. m.
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Resumen (TL;DR)
  • Mish.El/Shutterstock
  • Marcos, un adolescente de 14 años, vuelve a casa después de pasar todo el día fuera. Su madre le recuerda que había quedado en vaciar el lavavajillas y sacar la basura. Marcos responde con gritos y de mala manera, y cuando su madre insiste en que era lo acordado y que debe contribuir al orden en casa, la discusión va a más. Unos días después, ante una situación parecida, Marcos no se limita a gritar: insulta y pega un portazo. Poco a poco, su madre empieza a medir sus palabras, a evitar determinados temas y a preguntarse, antes de reclamarle que haga o deje de hacer alguna cosa, cómo va a reaccionar.
  • Un día, la madre de Marcos se da cuenta de algo terrible: tiene miedo de su propio hijo.
  • La mayoría de padres y madres no son capaces de imaginar una situación así. Sin embargo, este tipo de violencia de hijos a padres está más presente de lo que pensamos: en 2024, la Fiscalía General del Estado registró 4 425 procedimientos de menores por violencia doméstica hacia ascendientes y hermanos. Y esta cifra recoge únicamente los casos que llegan al sistema judicial. Puede aparecer en todo tipo de familias, sin que haya necesariamente situaciones previas de violencia o agresividad durante la infancia. Tampoco son únicamente resultado de una crianza autoritaria o violenta.
  • Reaccionar ante la violencia de un hijo
  • Cuando un hijo o hija grita, insulta o intimida, muchas familias acaban respondiendo de dos formas opuestas: aumentando los castigos o cediendo para evitar una nueva explosión. Ninguna de las dos opciones funciona.
  • En el primer caso, quedan atrapadas en un círculo que se retroalimenta: cuanto mayor es la violencia, mayor es la necesidad de reaccionar; y cuanto más se reacciona, más se intensifica el conflicto.
  • En el segundo, ceder puede reducir el conflicto a corto plazo, pero también puede hacer que el miedo a una nueva reacción termine condicionando las decisiones de los padres. Poco a poco, dejan de poner ciertos límites o de abordar determinados temas para evitar una nueva explosión.
  • De esta manera algunas familias acaban atrapadas en una convivencia marcada por el miedo, la angustia y la incertidumbre. Evidentemente, la convivencia se deteriora y se rompe la sensación de seguridad del hogar. Los padres sienten que, poco a poco, pierden el control de la situación.
  • La solución no pasa por imponer más autoridad, sino por recuperarla de otra manera: sin alimentar la escalada del conflicto.
  • Resistencia no violenta en el hogar
  • ¿Qué alternativas existen? La Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-Parental (SEVIFIP) propone la “resistencia no violenta”. Este enfoque, desarrollado por el profesor de psicología israelí Haim Omer, propone recuperar la autoridad sin luchar por el control. No se trata de renunciar a los límites, sino de ejercerlos desde la calma, evitando entrar en una dinámica de confrontación permanente. Porque poner límites y castigar son cosas diferentes.
  • El modelo parte de una idea sencilla pero profundamente transformadora: un hijo o una hija necesita saber que su comportamiento violento no será aceptado, pero también que su lugar dentro de la familia nunca estará en duda.
  • ¿Por qué los adolescentes se meten en problemas?
  • Esto se puede lograr “pulsando el botón de pausa”: evitando responder impulsivamente a una agresión o provocación, y regulando primero las propias emociones para poder intervenir desde la serenidad.
  • Por ejemplo, si nuestro hijo empieza a insultarnos durante una discusión, en lugar de responder al insulto, levantar la voz o imponer un castigo en ese momento, podemos detener la conversación y decirle que hablaremos de lo ocurrido cuando ambos estemos más tranquilos. No se trata de ignorar lo sucedido ni de ceder, sino de posponer la respuesta para evitar que el conflicto siga escalando.
  • Cómo mantener la calma
  • Regular las propias emociones ante una agresión no significa ser permisivo, ni mirar hacia otro lado o dejar pasar la violencia. Significa evitar que el miedo, la rabia o la frustración tomen el control y conduzcan a una respuesta impulsiva. Se trata de recuperar la calma para elegir el momento y la forma adecuados de afrontar la situación. O, como resume uno de sus principios, actuar cuando “la plancha está fría”. Solo así es posible ejercer una autoridad firme, serena y coherente.
  • Por ejemplo, si nuestro hijo da un portazo o golpea un objeto durante una discusión, es posible que nuestra primera reacción sea seguirle, exigirle que vuelva inmediatamente o amenazarle con un castigo. En lugar de actuar desde esa rabia, podemos darnos unos minutos para recuperar la calma y retomar lo ocurrido más tarde. Esperar no significa dejar pasar la conducta: el límite sigue ahí, pero se aborda cuando la tensión ha disminuido.
  • Reparar y buscar apoyo
  • Esta técnica va más allá de la gestión del conflicto. También busca reparar la relación con los hijos. Por ello, propone aumentar la presencia parental mediante pequeños gestos cotidianos –un mensaje preguntando cómo ha ido el día o una actividad compartida– que recuerdan que siguen siendo queridos, aunque su comportamiento deba cambiar. Estos gestos no pretenden premiar la conducta violenta, sino reconstruir un vínculo que el conflicto suele haber deteriorado profundamente.
  • Otro de los pilares del modelo consiste en romper el silencio. El miedo, la culpa o la vergüenza aíslan a muchas familias. Frente a ello, ser capaz de reconocer el problema permite buscar y crear una red de apoyo formada por familiares, amigos o profesionales. Pedir ayuda no significa fracasar, sino dejar de afrontar la violencia en soledad.
  • Cuatro pilares de la resistencia no violenta.
  • Miriam Junco
  • Un manual de referencia
  • Para facilitar el acceso en español a este enfoque hemos adaptado el Manual para Progenitores de Resistencia No Violenta con la colaboración de profesionales especializados. Este recurso permite a las familias conocer los principios y estrategias de la resistencia no violenta y puede servir de apoyo para comprender y afrontar estas situaciones, sin pretender sustituir el acompañamiento profesional.
  • Cuando la violencia es recurrente, existe miedo en el hogar o se producen amenazas o agresiones, es recomendable acudir a profesionales especializados que puedan valorar la situación y adaptar la intervención a las necesidades de cada familia.
  • La adolescencia no solo cambia a los hijos: también transforma a quienes los crían
  • La violencia filio-parental no admite soluciones simples y, en muchos casos, requiere una intervención especializada. Pero modelos como la resistencia no violenta muestran que existe una alternativa al enfrentamiento permanente.
  • Ningún padre, ninguna madre ni ningún hijo deberían sentir que su hogar ha dejado de ser un lugar seguro. Recuperar la autoridad no consiste en ganar una batalla. Consiste en reconstruir una convivencia en la que, al abrir la puerta de casa, nadie tenga que preguntarse con temor qué ocurrirá hoy.
  • Shirley Jeannet Arias Rivera es miembro de La Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-Parental (SEVIFIP) y la Asociación para el estudio y apoyo a las familias (ESAFAM).
  • David Cantón Cortés y Miriam Junco Guerrero no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

Mish.El/Shutterstock

Marcos, un adolescente de 14 años, vuelve a casa después de pasar todo el día fuera. Su madre le recuerda que había quedado en vaciar el lavavajillas y sacar la basura. Marcos responde con gritos y de mala manera, y cuando su madre insiste en que era lo acordado y que debe contribuir al orden en casa, la discusión va a más. Unos días después, ante una situación parecida, Marcos no se limita a gritar: insulta y pega un portazo. Poco a poco, su madre empieza a medir sus palabras, a evitar determinados temas y a preguntarse, antes de reclamarle que haga o deje de hacer alguna cosa, cómo va a reaccionar.

Un día, la madre de Marcos se da cuenta de algo terrible: tiene miedo de su propio hijo.

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La mayoría de padres y madres no son capaces de imaginar una situación así. Sin embargo, este tipo de violencia de hijos a padres está más presente de lo que pensamos: en 2024, la Fiscalía General del Estado registró 4 425 procedimientos de menores por violencia doméstica hacia ascendientes y hermanos. Y esta cifra recoge únicamente los casos que llegan al sistema judicial. Puede aparecer en todo tipo de familias, sin que haya necesariamente situaciones previas de violencia o agresividad durante la infancia. Tampoco son únicamente resultado de una crianza autoritaria o violenta.

Reaccionar ante la violencia de un hijo

Cuando un hijo o hija grita, insulta o intimida, muchas familias acaban respondiendo de dos formas opuestas: aumentando los castigos o cediendo para evitar una nueva explosión. Ninguna de las dos opciones funciona.

En el primer caso, quedan atrapadas en un círculo que se retroalimenta: cuanto mayor es la violencia, mayor es la necesidad de reaccionar; y cuanto más se reacciona, más se intensifica el conflicto.

En el segundo, ceder puede reducir el conflicto a corto plazo, pero también puede hacer que el miedo a una nueva reacción termine condicionando las decisiones de los padres. Poco a poco, dejan de poner ciertos límites o de abordar determinados temas para evitar una nueva explosión.

De esta manera algunas familias acaban atrapadas en una convivencia marcada por el miedo, la angustia y la incertidumbre. Evidentemente, la convivencia se deteriora y se rompe la sensación de seguridad del hogar. Los padres sienten que, poco a poco, pierden el control de la situación.

La solución no pasa por imponer más autoridad, sino por recuperarla de otra manera: sin alimentar la escalada del conflicto.

Resistencia no violenta en el hogar

¿Qué alternativas existen? La Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-Parental (SEVIFIP) propone la “resistencia no violenta”. Este enfoque, desarrollado por el profesor de psicología israelí Haim Omer, propone recuperar la autoridad sin luchar por el control. No se trata de renunciar a los límites, sino de ejercerlos desde la calma, evitando entrar en una dinámica de confrontación permanente. Porque poner límites y castigar son cosas diferentes.

El modelo parte de una idea sencilla pero profundamente transformadora: un hijo o una hija necesita saber que su comportamiento violento no será aceptado, pero también que su lugar dentro de la familia nunca estará en duda.


Leer más: ¿Por qué los adolescentes se meten en problemas?


Esto se puede lograr “pulsando el botón de pausa”: evitando responder impulsivamente a una agresión o provocación, y regulando primero las propias emociones para poder intervenir desde la serenidad.

Por ejemplo, si nuestro hijo empieza a insultarnos durante una discusión, en lugar de responder al insulto, levantar la voz o imponer un castigo en ese momento, podemos detener la conversación y decirle que hablaremos de lo ocurrido cuando ambos estemos más tranquilos. No se trata de ignorar lo sucedido ni de ceder, sino de posponer la respuesta para evitar que el conflicto siga escalando.

Cómo mantener la calma

Regular las propias emociones ante una agresión no significa ser permisivo, ni mirar hacia otro lado o dejar pasar la violencia. Significa evitar que el miedo, la rabia o la frustración tomen el control y conduzcan a una respuesta impulsiva. Se trata de recuperar la calma para elegir el momento y la forma adecuados de afrontar la situación. O, como resume uno de sus principios, actuar cuando “la plancha está fría”. Solo así es posible ejercer una autoridad firme, serena y coherente.

Por ejemplo, si nuestro hijo da un portazo o golpea un objeto durante una discusión, es posible que nuestra primera reacción sea seguirle, exigirle que vuelva inmediatamente o amenazarle con un castigo. En lugar de actuar desde esa rabia, podemos darnos unos minutos para recuperar la calma y retomar lo ocurrido más tarde. Esperar no significa dejar pasar la conducta: el límite sigue ahí, pero se aborda cuando la tensión ha disminuido.

Reparar y buscar apoyo

Esta técnica va más allá de la gestión del conflicto. También busca reparar la relación con los hijos. Por ello, propone aumentar la presencia parental mediante pequeños gestos cotidianos –un mensaje preguntando cómo ha ido el día o una actividad compartida– que recuerdan que siguen siendo queridos, aunque su comportamiento deba cambiar. Estos gestos no pretenden premiar la conducta violenta, sino reconstruir un vínculo que el conflicto suele haber deteriorado profundamente.

Otro de los pilares del modelo consiste en romper el silencio. El miedo, la culpa o la vergüenza aíslan a muchas familias. Frente a ello, ser capaz de reconocer el problema permite buscar y crear una red de apoyo formada por familiares, amigos o profesionales. Pedir ayuda no significa fracasar, sino dejar de afrontar la violencia en soledad.

Cuatro pilares de la resistencia no violenta. Miriam Junco

Un manual de referencia

Para facilitar el acceso en español a este enfoque hemos adaptado el Manual para Progenitores de Resistencia No Violenta con la colaboración de profesionales especializados. Este recurso permite a las familias conocer los principios y estrategias de la resistencia no violenta y puede servir de apoyo para comprender y afrontar estas situaciones, sin pretender sustituir el acompañamiento profesional.

Cuando la violencia es recurrente, existe miedo en el hogar o se producen amenazas o agresiones, es recomendable acudir a profesionales especializados que puedan valorar la situación y adaptar la intervención a las necesidades de cada familia.


Leer más: La adolescencia no solo cambia a los hijos: también transforma a quienes los crían


La violencia filio-parental no admite soluciones simples y, en muchos casos, requiere una intervención especializada. Pero modelos como la resistencia no violenta muestran que existe una alternativa al enfrentamiento permanente.

Ningún padre, ninguna madre ni ningún hijo deberían sentir que su hogar ha dejado de ser un lugar seguro. Recuperar la autoridad no consiste en ganar una batalla. Consiste en reconstruir una convivencia en la que, al abrir la puerta de casa, nadie tenga que preguntarse con temor qué ocurrirá hoy.

Shirley Jeannet Arias Rivera es miembro de La Sociedad Española para el Estudio de la Violencia Filio-Parental (SEVIFIP) y la Asociación para el estudio y apoyo a las familias (ESAFAM).

David Cantón Cortés y Miriam Junco Guerrero no reciben salarios, ni ejercen labores de consultoría, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del puesto académico citado.

⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Miriam Junco Guerrero, Personal Docente e Investigador Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación, Universidad de Málaga. Puedes consultar la publicación original aquí.