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¿Por qué no debemos mirar directamente al sol?

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Resumen (TL;DR)
  • Nick Shandra / Unsplash, CC BY-SA
  • Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curios@s de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a [email protected]
  • Pregunta formulada por estudiantes de 3º de la ESO del Instituto de Educación Secundaria Berriz. Berriz (Bizkaia).
  • ¿A quien no le han dicho alguna vez que no mire directamente al sol porque se puede quedar ciego? Seguro que todos hemos tenido la tentación de probarlo algún que otro atardecer.
  • Si lo hacemos y miramos hacia otro lado inmediatamente después, seguimos viendo su destello con intensidad, aunque sin más secuelas. Sin embargo, si aguantamos un rato con la mirada fija, ese sol a punto de ocultarse nos puede hacer un daño irreversible. Y todo porque en el interior de los ojos sucede lo mismo que en la piel cuando nos exponemos al sol: al principio nos calienta y luego, si permanecemos mucho rato bronceándonos, nos quema.
  • ¿Cómo vemos?
  • Cuando la luz llega al ojo, pasa primero por dos capas trasparentes consecutivas, la córnea y el cristalino, que aumentan la imagen, funcionando como una lupa. Seguidamente llega a la retina, que es una lámina muy delgada situada en la parte de atrás del ojo. Está compuesta por varias capas de células nerviosas muy especializadas, entre las que se encuentran los fotorreceptores, encargados de captar la luz para luego convertirla en imágenes. Aquí está el mayor problema de mirar al sol.
  • Así funciona la entrada de la luz en el ojo, cuando proviene de una fuente habitual, como una casa iluminada con luz natural, o cuando es directa del Sol.
  • Elena Vecino y Luiz López
  • Conos y bastones, cada uno su cometido
  • Los humanos tenemos dos tipos de fotorreceptores: los conos y los bastones. Los conos son los responsables de interpretar la luz en colores y, para que funcionen bien, necesitan que sea de día o que tengamos buena luz artificial.
  • El otro tipo de células fotorreceptoras, los bastones, funcionan con baja intensidad luminosa y de noche. Por eso, los animales nocturnos o que viven en ambientes poco iluminados solo tienen este tipo de fotorreceptores y solo ven en blanco y negro.
  • Los humanos tenemos en cada ojo unos 6 millones de conos y 100-120 millones de bastones. Ambos son muy especializados, pero solo funcionan bien en un rango de luz muy concreto. Los conos funcionan de día y los bastones mejor de noche. Por eso, en un día con mucho sol tenemos que guiñar los ojos o ponernos gafas de sol y, a medida que se hace de noche o se apaga la luz, vemos muy poco, hasta que nuestros bastones logran adaptarse a la oscuridad, un proceso que lleva varios minutos.
  • Una vez que los fotorreceptores captan la luz, la convierten en señales químicas y eléctricas y se la pasan a otras células de la retina que envían el mensaje a través del nervio óptico al cerebro, donde las señales se convierten en imágenes.
  • ¿Por qué mucha luz hace daño?
  • Cuando la cantidad de luz que llega a los ojos no es ni excesiva ni escasa, los conos y bastones hacen su transformación de la luz a mensaje visual sin problema, como cuando ponemos una hamburguesa en la sartén a fuego lento. Pero cuando miramos al sol, la intensidad de luz es altísima porque, además de luz visible, nos llega luz dañina invisible como la radiación infrarroja y ultravioleta. Llega tanta radiación a los fotorreceptores, que estos se ponen a trabajar más de la cuenta y terminan quemándose, como esa hamburguesa cocinada a fuego demasiado fuerte.
  • El problema es que los fotorreceptores no duelen mientras se están quemando, porque carecen de terminaciones nerviosas nociceptoras –capaces de percibir el dolor–. Así que no nos damos cuenta hasta que miramos a otro sitio y ya no vemos. Y esta quemadura puede ser irreversible, es decir, para siempre.
  • Así que, cuando nos dicen que no miremos directamente al sol, o que observemos los eclipse con gafas adecuadas o de forma indirecta, no es por capricho. Mirar al sol directamente nos puede dejar ciegos.
  • Cuidado con mirar a alguien soldando
  • Algo tan peligroso (o más) como mirar al sol, pero con dolor, es fijar la mirada en cuando alguien está soldando. La luz que se produce al soldar un metal es similar a la que produce el Sol cuando lo miramos de cerca. Sin embargo, en este caso, además de quemar nuestros fotorreceptores, se queman las células que forman la córnea. Y esa sí que duele. Por eso, los soldadores llevan una pantalla oscura en la cara cuando están soldando: para que no se les quemen ni los ojos ni la piel por la alta intensidad de luz a la que se exponen.
  • La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.
  • Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

Nick Shandra / Unsplash, CC BY-SA

Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curios@s de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a [email protected]

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Pregunta formulada por estudiantes de 3º de la ESO del Instituto de Educación Secundaria Berriz. Berriz (Bizkaia).


¿A quien no le han dicho alguna vez que no mire directamente al sol porque se puede quedar ciego? Seguro que todos hemos tenido la tentación de probarlo algún que otro atardecer.

Si lo hacemos y miramos hacia otro lado inmediatamente después, seguimos viendo su destello con intensidad, aunque sin más secuelas. Sin embargo, si aguantamos un rato con la mirada fija, ese sol a punto de ocultarse nos puede hacer un daño irreversible. Y todo porque en el interior de los ojos sucede lo mismo que en la piel cuando nos exponemos al sol: al principio nos calienta y luego, si permanecemos mucho rato bronceándonos, nos quema.

¿Cómo vemos?

Cuando la luz llega al ojo, pasa primero por dos capas trasparentes consecutivas, la córnea y el cristalino, que aumentan la imagen, funcionando como una lupa. Seguidamente llega a la retina, que es una lámina muy delgada situada en la parte de atrás del ojo. Está compuesta por varias capas de células nerviosas muy especializadas, entre las que se encuentran los fotorreceptores, encargados de captar la luz para luego convertirla en imágenes. Aquí está el mayor problema de mirar al sol.

Así funciona la entrada de la luz en el ojo, cuando proviene de una fuente habitual, como una casa iluminada con luz natural, o cuando es directa del Sol. Elena Vecino y Luiz López

Conos y bastones, cada uno su cometido

Los humanos tenemos dos tipos de fotorreceptores: los conos y los bastones. Los conos son los responsables de interpretar la luz en colores y, para que funcionen bien, necesitan que sea de día o que tengamos buena luz artificial.

El otro tipo de células fotorreceptoras, los bastones, funcionan con baja intensidad luminosa y de noche. Por eso, los animales nocturnos o que viven en ambientes poco iluminados solo tienen este tipo de fotorreceptores y solo ven en blanco y negro.

Los humanos tenemos en cada ojo unos 6 millones de conos y 100-120 millones de bastones. Ambos son muy especializados, pero solo funcionan bien en un rango de luz muy concreto. Los conos funcionan de día y los bastones mejor de noche. Por eso, en un día con mucho sol tenemos que guiñar los ojos o ponernos gafas de sol y, a medida que se hace de noche o se apaga la luz, vemos muy poco, hasta que nuestros bastones logran adaptarse a la oscuridad, un proceso que lleva varios minutos.

Una vez que los fotorreceptores captan la luz, la convierten en señales químicas y eléctricas y se la pasan a otras células de la retina que envían el mensaje a través del nervio óptico al cerebro, donde las señales se convierten en imágenes.

¿Por qué mucha luz hace daño?

Cuando la cantidad de luz que llega a los ojos no es ni excesiva ni escasa, los conos y bastones hacen su transformación de la luz a mensaje visual sin problema, como cuando ponemos una hamburguesa en la sartén a fuego lento. Pero cuando miramos al sol, la intensidad de luz es altísima porque, además de luz visible, nos llega luz dañina invisible como la radiación infrarroja y ultravioleta. Llega tanta radiación a los fotorreceptores, que estos se ponen a trabajar más de la cuenta y terminan quemándose, como esa hamburguesa cocinada a fuego demasiado fuerte.

El problema es que los fotorreceptores no duelen mientras se están quemando, porque carecen de terminaciones nerviosas nociceptoras –capaces de percibir el dolor–. Así que no nos damos cuenta hasta que miramos a otro sitio y ya no vemos. Y esta quemadura puede ser irreversible, es decir, para siempre.

Así que, cuando nos dicen que no miremos directamente al sol, o que observemos los eclipse con gafas adecuadas o de forma indirecta, no es por capricho. Mirar al sol directamente nos puede dejar ciegos.

Cuidado con mirar a alguien soldando

Algo tan peligroso (o más) como mirar al sol, pero con dolor, es fijar la mirada en cuando alguien está soldando. La luz que se produce al soldar un metal es similar a la que produce el Sol cuando lo miramos de cerca. Sin embargo, en este caso, además de quemar nuestros fotorreceptores, se queman las células que forman la córnea. Y esa sí que duele. Por eso, los soldadores llevan una pantalla oscura en la cara cuando están soldando: para que no se les quemen ni los ojos ni la piel por la alta intensidad de luz a la que se exponen.

La Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco colabora en la sección The Conversation Júnior.


Las personas firmantes no son asalariadas, ni consultoras, ni poseen acciones, ni reciben financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y han declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado anteriormente.

⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Elena Vecino Cordero, Catedrática de Biología Celular (UPV/EHU), Licenciada en Bellas Artes, Life Member Clare Hall Cambridge (UK). Directora del Grupo Oftalmo-Biología Experimental (GOBE), Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea. Puedes consultar la publicación original aquí.