¿Qué significa hoy ser un ‘buen’ padre? El reto de la nueva paternidad sin modelos
- •Rene Jansa/Shutterstock
- •Un padre intenta vestir a su hijo de cuatro años antes de salir de casa. Van con prisa y el niño se niega a ponerse los zapatos. Primero intenta explicárselo, después negociar y, cuando la situación se alarga, termina levantando la voz. “Porque lo digo yo, y punto”. Nada más escucharse, reconoce la frase. La había oído muchas veces cuando era pequeño y llevaba años pensando que nunca la utilizaría con sus propios hijos.
- •Ser padre y, especialmente, ser un “buen padre” es algo muy distinto hoy de lo que era apenas hace una generación. Los padres de hace tres o cuatro décadas debían asumir principalmente las responsabilidades económicas de la familia y ejercer una autoridad que entonces se consideraba propia de la figura paterna.
- •Hoy esperamos que un padre cambie pañales, conozca las rutinas del bebé, pida una reducción de jornada si es necesario, sepa calmar un llanto, hable de emociones, acompañe las rabietas sin perder la calma y construya un vínculo seguro con sus hijos. Entendemos que los cuidados y las responsabilidades de la crianza corresponden a ambos progenitores, sin distinción de sexo.
- •El lento avance en el reparto de tareas
- •Afortunadamente, cada vez son más los hombres que desean ocupar un lugar activo y corresponsable en la crianza. Sin embargo, ese cambio en las expectativas todavía no se ha traducido en un reparto igualitario de los cuidados. En España, entre las personas con hijos de 0 a 11 años, el 56 % de las mujeres dedica más de cinco horas diarias al cuidado, frente al 29 % de los hombres. Las diferencias aparecen también en el trabajo doméstico cotidiano, que realiza diariamente el 59 % de las mujeres frente al 39 % de los hombres.
- •Es decir, el modelo de paternidad está cambiando, aunque las prácticas cotidianas lo hagan a un ritmo diferente.
- •Un nuevo modelo de paternidad
- •Muchos hombres que ahora se enfrentan a este nuevo modelo de paternidad apenas tuvieron oportunidad de experimentarlo cuando eran niños. En esa época, la presencia emocional, la expresión afectiva o la corresponsabilidad cotidiana en los cuidados recaían todavía, en buena medida, sobre las madres. ¿Cómo aprende alguien a hacer algo que nunca vio hacer?
- •Querer ser un determinado tipo de padre no significa, necesariamente, saber cómo hacerlo. La psicología lleva décadas mostrando que las relaciones humanas no se construyen solo desde la voluntad, sino también desde la experiencia acumulada. La teoría del apego, desarrollada en los años 80, explica que las primeras relaciones con nuestros cuidadores contribuyen a formar modelos internos sobre cómo funcionan los vínculos, cómo expresamos el afecto y cómo respondemos al malestar de otra persona, habilidades que aprendemos mucho antes de ser conscientes de ellas.
- •¿Podemos elegir el tipo de padres y madres que queremos ser?
- •A esta idea se suma la teoría del aprendizaje social, según la cual una parte importante de nuestras conductas se adquiere observando a otras personas, lo que significa que no aprendemos únicamente porque alguien nos explique qué hacer, sino viendo cómo otros cuidan, consuelan, ponen límites o expresan afecto.
- •Por eso, cuando un hombre intenta convertirse en un padre diferente al que tuvo, no solo está cambiando algunos comportamientos, sino que en muchos casos está construyendo una forma totalmente distinta de relacionarse con sus hijos.
- •¿Cómo hacerlo?
- •Las investigaciones sobre transmisión intergeneracional de la parentalidad muestran que la manera en que fuimos cuidados influye en la forma en que posteriormente cuidamos, aunque nunca determine completamente nuestro futuro. Nuestra historia no nos condena, pero sí constituye el punto de partida desde el que aprendemos a vincularnos.
- •Por eso muchos padres se encuentran en la situación de saber perfectamente qué padre no quieren ser, pero todavía están descubriendo cómo convertirse en el padre que desean llegar a ser.
- •Sin modelos de referencia
- •Imaginemos una escena cotidiana: un niño pequeño llora desconsoladamente porque está frustrado y su padre quiere ayudarle. En teoría, sabe que debe acompañarlo transmitiéndole calma y haciendo las cosas de una manera diferente a como quizá lo hubiera hecho su propio padre.
- •Puede que, cuando él era niño, nadie le dijera directamente que llorar estaba mal. A veces bastaba una mirada de desaprobación, un silencio incómodo o la sensación de que era mejor dejar de llorar cuanto antes.
- •Ahora, casi sin darse cuenta, lo primero que le sale es decir “no pasa nada”, pedirle a su hijo que deje de llorar o intentar distraerlo rápidamente. En lugar de acompañar esa frustración y permitir que siga su curso, aparece el impulso de hacerla desaparecer. No necesariamente porque no quiera acompañar a su hijo, sino porque quizá tampoco él aprendió qué hacer cuando una emoción difícil permanecía demasiado tiempo.
- •Una transformación y un aprendizaje
- •La implicación paterna beneficia el desarrollo cognitivo, emocional y social de los hijos y repercute positivamente en el bienestar familiar.
- •Estar presente emocionalmente implica reconocer las propias emociones, tolerar la frustración, reparar los conflictos cuando aparecen y acompañar el malestar infantil sin intentar eliminarlo inmediatamente. Estas habilidades también se desarrollan y pueden aprenderse, pero muchos hombres llegan a la paternidad sin espacios donde reflexionar sobre su propia historia de cuidado, comprender cómo influye en la manera en que hoy ejercen como padres o desarrollar nuevas herramientas para responder a las necesidades emocionales de sus hijos.
- •¿Es compatible la crianza positiva con una mala comunicación en pareja?
- •En este contexto, no resulta extraño que algunos vivan esta etapa con una mezcla de ilusión e inseguridad, sintiendo que están improvisando e intentando ofrecer algo que nunca recibieron. Al encontrar dificultades, a menudo interpretan esa torpeza inicial como un fracaso personal, cuando en realidad forma parte del propio proceso de aprendizaje.
- •Los hombres también experimentan ansiedad, depresión y dificultades de adaptación durante el embarazo y el posparto, aunque este aspecto haya recibido tradicionalmente mucha menos atención que la salud mental materna. Acompañar a los padres también significa reconocer estas necesidades.
- •La presencia emocional también se aprende
- •Cuando analizamos la implicación paterna, con frecuencia ponemos el foco en lo que algunos hombres no hacen. ¿Por qué no se ocupan de los baños? ¿Por qué son sus parejas quienes recuerdan cuándo toca pedir cita con el pediatra? ¿Por qué algunos padres participan en los cuidados cuando se les pide, pero no siempre anticipan lo que hay que hacer?
- •Cuando entendemos que la presencia emocional también se aprende, dejamos de interpretar algunas dificultades exclusivamente como desinterés y empezamos a verlas como parte de un proceso de cambio que requiere tiempo, práctica y acompañamiento.
- •Espacios de acompañamiento
- •Estos espacios podrían comenzar incluso antes del nacimiento. Los grupos de preparación al parto y a la parentalidad que se desarrollan en centros de salud ofrecen una oportunidad para incorporar cuestiones relacionadas con la transición psicológica a la paternidad, más allá del papel del hombre como acompañante durante el embarazo y el parto.
- •Matronas y profesionales de la psicología perinatal podrían facilitar sesiones en las que los futuros padres pudieran hablar sobre sus expectativas, revisar los modelos de paternidad con los que crecieron o pensar cómo quieren participar en los cuidados cuando nazca el bebé.
- •Progenitores quemados: ¿es cada vez más exigente criar y educar a los hijos?
- •También durante el posparto podrían desarrollarse grupos de padres en atención primaria o en recursos comunitarios, no necesariamente dirigidos a hombres que presentan alguna dificultad, sino entendidos como espacios habituales de acompañamiento a la transición a la paternidad.
- •Del mismo modo que enseñamos a reconocer las necesidades de un recién nacido, podemos generar oportunidades para aprender a estar ante un llanto que nos desborda, reparar después de haber perdido la paciencia o asumir de manera autónoma una parte de los cuidados cotidianos.
- •La manera de entender la paternidad ha cambiado profundamente en las últimas décadas y cada vez más hombres quieren construir relaciones cercanas y emocionalmente disponibles con sus hijos. Pero no podemos confiar en que este cambio ocurra solo. Muchas de las habilidades que hoy esperamos de un padre se aprenden viendo a otros, practicando y teniendo oportunidades para hacerlo.
- •Patricia Catalá Mesón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
Un padre intenta vestir a su hijo de cuatro años antes de salir de casa. Van con prisa y el niño se niega a ponerse los zapatos. Primero intenta explicárselo, después negociar y, cuando la situación se alarga, termina levantando la voz. “Porque lo digo yo, y punto”. Nada más escucharse, reconoce la frase. La había oído muchas veces cuando era pequeño y llevaba años pensando que nunca la utilizaría con sus propios hijos.
Ser padre y, especialmente, ser un “buen padre” es algo muy distinto hoy de lo que era apenas hace una generación. Los padres de hace tres o cuatro décadas debían asumir principalmente las responsabilidades económicas de la familia y ejercer una autoridad que entonces se consideraba propia de la figura paterna.
Hoy esperamos que un padre cambie pañales, conozca las rutinas del bebé, pida una reducción de jornada si es necesario, sepa calmar un llanto, hable de emociones, acompañe las rabietas sin perder la calma y construya un vínculo seguro con sus hijos. Entendemos que los cuidados y las responsabilidades de la crianza corresponden a ambos progenitores, sin distinción de sexo.
El lento avance en el reparto de tareas
Afortunadamente, cada vez son más los hombres que desean ocupar un lugar activo y corresponsable en la crianza. Sin embargo, ese cambio en las expectativas todavía no se ha traducido en un reparto igualitario de los cuidados. En España, entre las personas con hijos de 0 a 11 años, el 56 % de las mujeres dedica más de cinco horas diarias al cuidado, frente al 29 % de los hombres. Las diferencias aparecen también en el trabajo doméstico cotidiano, que realiza diariamente el 59 % de las mujeres frente al 39 % de los hombres.
Es decir, el modelo de paternidad está cambiando, aunque las prácticas cotidianas lo hagan a un ritmo diferente.
Un nuevo modelo de paternidad
Muchos hombres que ahora se enfrentan a este nuevo modelo de paternidad apenas tuvieron oportunidad de experimentarlo cuando eran niños. En esa época, la presencia emocional, la expresión afectiva o la corresponsabilidad cotidiana en los cuidados recaían todavía, en buena medida, sobre las madres. ¿Cómo aprende alguien a hacer algo que nunca vio hacer?
Querer ser un determinado tipo de padre no significa, necesariamente, saber cómo hacerlo. La psicología lleva décadas mostrando que las relaciones humanas no se construyen solo desde la voluntad, sino también desde la experiencia acumulada. La teoría del apego, desarrollada en los años 80, explica que las primeras relaciones con nuestros cuidadores contribuyen a formar modelos internos sobre cómo funcionan los vínculos, cómo expresamos el afecto y cómo respondemos al malestar de otra persona, habilidades que aprendemos mucho antes de ser conscientes de ellas.
Leer más: ¿Podemos elegir el tipo de padres y madres que queremos ser?
A esta idea se suma la teoría del aprendizaje social, según la cual una parte importante de nuestras conductas se adquiere observando a otras personas, lo que significa que no aprendemos únicamente porque alguien nos explique qué hacer, sino viendo cómo otros cuidan, consuelan, ponen límites o expresan afecto.
Por eso, cuando un hombre intenta convertirse en un padre diferente al que tuvo, no solo está cambiando algunos comportamientos, sino que en muchos casos está construyendo una forma totalmente distinta de relacionarse con sus hijos.
¿Cómo hacerlo?
Las investigaciones sobre transmisión intergeneracional de la parentalidad muestran que la manera en que fuimos cuidados influye en la forma en que posteriormente cuidamos, aunque nunca determine completamente nuestro futuro. Nuestra historia no nos condena, pero sí constituye el punto de partida desde el que aprendemos a vincularnos.
Por eso muchos padres se encuentran en la situación de saber perfectamente qué padre no quieren ser, pero todavía están descubriendo cómo convertirse en el padre que desean llegar a ser.
Sin modelos de referencia
Imaginemos una escena cotidiana: un niño pequeño llora desconsoladamente porque está frustrado y su padre quiere ayudarle. En teoría, sabe que debe acompañarlo transmitiéndole calma y haciendo las cosas de una manera diferente a como quizá lo hubiera hecho su propio padre.
Puede que, cuando él era niño, nadie le dijera directamente que llorar estaba mal. A veces bastaba una mirada de desaprobación, un silencio incómodo o la sensación de que era mejor dejar de llorar cuanto antes.
Ahora, casi sin darse cuenta, lo primero que le sale es decir “no pasa nada”, pedirle a su hijo que deje de llorar o intentar distraerlo rápidamente. En lugar de acompañar esa frustración y permitir que siga su curso, aparece el impulso de hacerla desaparecer. No necesariamente porque no quiera acompañar a su hijo, sino porque quizá tampoco él aprendió qué hacer cuando una emoción difícil permanecía demasiado tiempo.
Una transformación y un aprendizaje
La implicación paterna beneficia el desarrollo cognitivo, emocional y social de los hijos y repercute positivamente en el bienestar familiar.
Estar presente emocionalmente implica reconocer las propias emociones, tolerar la frustración, reparar los conflictos cuando aparecen y acompañar el malestar infantil sin intentar eliminarlo inmediatamente. Estas habilidades también se desarrollan y pueden aprenderse, pero muchos hombres llegan a la paternidad sin espacios donde reflexionar sobre su propia historia de cuidado, comprender cómo influye en la manera en que hoy ejercen como padres o desarrollar nuevas herramientas para responder a las necesidades emocionales de sus hijos.
Leer más: ¿Es compatible la crianza positiva con una mala comunicación en pareja?
En este contexto, no resulta extraño que algunos vivan esta etapa con una mezcla de ilusión e inseguridad, sintiendo que están improvisando e intentando ofrecer algo que nunca recibieron. Al encontrar dificultades, a menudo interpretan esa torpeza inicial como un fracaso personal, cuando en realidad forma parte del propio proceso de aprendizaje.
Los hombres también experimentan ansiedad, depresión y dificultades de adaptación durante el embarazo y el posparto, aunque este aspecto haya recibido tradicionalmente mucha menos atención que la salud mental materna. Acompañar a los padres también significa reconocer estas necesidades.
La presencia emocional también se aprende
Cuando analizamos la implicación paterna, con frecuencia ponemos el foco en lo que algunos hombres no hacen. ¿Por qué no se ocupan de los baños? ¿Por qué son sus parejas quienes recuerdan cuándo toca pedir cita con el pediatra? ¿Por qué algunos padres participan en los cuidados cuando se les pide, pero no siempre anticipan lo que hay que hacer?
Cuando entendemos que la presencia emocional también se aprende, dejamos de interpretar algunas dificultades exclusivamente como desinterés y empezamos a verlas como parte de un proceso de cambio que requiere tiempo, práctica y acompañamiento.
Espacios de acompañamiento
Estos espacios podrían comenzar incluso antes del nacimiento. Los grupos de preparación al parto y a la parentalidad que se desarrollan en centros de salud ofrecen una oportunidad para incorporar cuestiones relacionadas con la transición psicológica a la paternidad, más allá del papel del hombre como acompañante durante el embarazo y el parto.
Matronas y profesionales de la psicología perinatal podrían facilitar sesiones en las que los futuros padres pudieran hablar sobre sus expectativas, revisar los modelos de paternidad con los que crecieron o pensar cómo quieren participar en los cuidados cuando nazca el bebé.
Leer más: Progenitores quemados: ¿es cada vez más exigente criar y educar a los hijos?
También durante el posparto podrían desarrollarse grupos de padres en atención primaria o en recursos comunitarios, no necesariamente dirigidos a hombres que presentan alguna dificultad, sino entendidos como espacios habituales de acompañamiento a la transición a la paternidad.
Del mismo modo que enseñamos a reconocer las necesidades de un recién nacido, podemos generar oportunidades para aprender a estar ante un llanto que nos desborda, reparar después de haber perdido la paciencia o asumir de manera autónoma una parte de los cuidados cotidianos.
La manera de entender la paternidad ha cambiado profundamente en las últimas décadas y cada vez más hombres quieren construir relaciones cercanas y emocionalmente disponibles con sus hijos. Pero no podemos confiar en que este cambio ocurra solo. Muchas de las habilidades que hoy esperamos de un padre se aprenden viendo a otros, practicando y teniendo oportunidades para hacerlo.
Patricia Catalá Mesón no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Patricia Catalá Mesón, Profesora Titular de Universidad del Area de Psicología Social, Universidad Rey Juan Carlos. Puedes consultar la publicación original aquí.
