John Galliano en el Met: ¿puede el talento sobrevivir al juicio moral?
- •John Galliano en un fotograma del documental _Auge y caída de John Galliano_. Nicholas Matthews/StudioTF1, FAL
- •El Metropolitan Museum of Art de Nueva York anunció el pasado 31 de julio que la gran exposición de primavera de 2027 de su Costume Institute estará dedicada a John Galliano. John Galliano: Horizons recorrerá cuatro décadas de trayectoria, desde sus años de estudiante en Central Saint Martins de Londres hasta su trabajo para su propia firma, Givenchy, Christian Dior y Maison Margiela. Será la primera gran retrospectiva museística centrada exclusivamente en el diseñador, a quien el propio Met define como uno de los creadores más inventivos e influyentes de la moda contemporánea.
- •La elección tiene además un carácter excepcional: Galliano será solo el tercer diseñador vivo al que el Costume Institute dedica una exposición monográfica, después de Yves Saint Laurent, en 1983, y Rei Kawakubo, en 2017.
- •Pero su trayectoria quedó marcada en 2011 por varios episodios de insultos antisemitas y racistas que provocaron su despido de Dior y una posterior condena de la justicia francesa. De ahí que el anuncio haya recuperado una discusión que excede ampliamente la moda: ¿merece Galliano semejante reconocimiento?
- •Quizá la pregunta esté mal planteada. Una exposición no es exactamente un premio y un museo no es un salón de la fama para figuras moralmente ejemplares. Según el Consejo Internacional de Museos, su función incluye investigar, conservar, interpretar y exhibir patrimonio, pero también favorecer la educación y la reflexión.
- •El caso Galliano obliga, así, a preguntarse algo más complejo: cómo reconocer una aportación cultural extraordinaria sin transformar ese reconocimiento en la absolución de quien la produjo.
- •Antes de Dior ya estaba Galliano
- •Para entender la polémica hay que comprender primero por qué Galliano importa.
- •En 1984 presentó en Saint Martins Les Incroyables, una colección de graduación inspirada en la Francia posrevolucionaria y atravesada por la cultura del Londres de los ochenta. Aparecían ya allí los elementos que definirían su lenguaje: historicismo, romanticismo, dramatización de la silueta y, especialmente, la utilización de la ropa para construir personajes.
- •Su singularidad no residió simplemente en recurrir al pasado. Galliano podía partir del siglo XVIII, del corte al bies de la diseñadora francesa Madeleine Vionnet, del cine o de un personaje literario y recombinar todas esas referencias hasta convertirlas en algo reconociblemente suyo. La historia no era un archivo que reproducir, sino una materia que desmontar y volver a ensamblar.
- •Detrás de la teatralidad existía además una enorme competencia técnica: dominio del corte, atención a la construcción del cuerpo y una capacidad extraordinaria para conseguir movimiento y ligereza en prendas de gran complejidad.
- •Por eso Dior no inventó a Galliano. Cuando llegó a la casa francesa en 1996 el británico llevaba más de una década desarrollando su lenguaje y había pasado ya por Givenchy. Dior le dio algo diferente: escala. El archivo, la alta costura, los artesanos, los recursos económicos y el alcance global permitieron proyectar aquella imaginación sobre una de las grandes instituciones de la moda.
- •El desfile como mundo
- •Galliano tampoco se limitó a hacer vestidos espectaculares. Contribuyó a transformar el desfile en una experiencia narrativa en la que prendas, música, maquillaje, escenografía, casting y movimiento construían un mismo universo.
- •Él, Alexander McQueen y otros diseñadores de los años noventa desplazaron el desfile hacia territorios próximos al teatro y la performance, convirtiéndolo en un espacio desde el que articular fantasías, identidades y ansiedades contemporáneas.
- •Galliano entendió antes de que el storytelling se convirtiera en lenguaje habitual del marketing que una colección podía contar una historia completa. Las modelos no llevaban simplemente ropa: encarnaban personajes. Sus desfiles podían funcionar como acontecimientos culturales y no únicamente como presentaciones comerciales.
- •En ese proceso contribuyó también a consolidar la figura contemporánea del director creativo como autor total: alguien capaz de diseñar prendas, interpretar un archivo, construir imágenes y producir un universo simbólico alrededor de una marca.
- •Ahí reside buena parte de su excepcionalidad. En Galliano convergen conocimiento histórico, virtuosismo técnico, intuición visual y una capacidad narrativa poco habitual. Calificarlo de “genio” resulta problemático precisamente porque la propia noción arrastra una larga mitología cultural. Pero ignorar la excepcionalidad de su talento impediría comprender por qué su caso resulta tan incómodo. Si Galliano hubiera sido un diseñador menor, probablemente este debate no tendría la misma intensidad.
- •La decisión del Metropolitan de dedicarle esta retrospectiva también puede leerse en relación con el momento que atraviesa la propia moda. En un sistema cada vez más condicionado por la velocidad, la producción continua de novedad y la circulación inmediata de imágenes, la dimensión artística y cultural de la disciplina corre el riesgo de quedar subordinada a su lógica industrial y comunicativa. Volver sobre Galliano permite precisamente recordar otra tradición de la moda: la que investiga, cita, construye lenguaje, produce memoria y dialoga con la historia del arte, el cine, la literatura o la cultura visual.
- •En ese sentido, no resulta extraño que sea un museo quien vuelva a situarlo en el centro. Si una institución cultural no reivindica la moda como objeto de conocimiento, creación y patrimonio, difícilmente lo hará una industria sometida a la urgencia de la siguiente temporada. Y si se busca una figura capaz de condensar esa dimensión artística de la moda contemporánea, Galliano resulta difícil de sustituir.
- •Cuando la biografía cambia nuestra mirada
- •Su caída en 2011 alteró inevitablemente la lectura de todo lo anterior. Tras ser despedido de Dior, regresó a la industria como director creativo de Maison Margiela.
- •Se puede estudiar el contexto de adicciones, presión profesional y deterioro personal que acompañó aquel periodo, pero contextualizar no equivale a justificar.
- •La cuestión es qué ocurre cuando lo que conocemos del autor modifica nuestra experiencia de su obra.
- •Un vestido de Galliano de 1997 no cambió materialmente en 2011. Cambió el contexto desde el que lo mirábamos.
- •Vestido de alta costura de John Galliano exhibido en París en la Galería Dior. La fotografía que está de fondo es de Peter Lindbergh, en 1997.
- •Lila Louisa/Shutterstock
- •Qué exposición merece Galliano
- •Ahí entra el museo. Las instituciones culturales no solo conservan objetos: producen contextos y participan en su legitimación. Desde la sociología de la cultura sabemos que el canon no depende únicamente del valor intrínseco de las obras, sino también de museos, críticos, conservadores y otras instituciones capaces de otorgarles reconocimiento.
- •Por eso situar a Galliano junto a Saint Laurent y Kawakubo entre los escasísimos diseñadores vivos que han recibido una monográfica del Costume Institute supone una afirmación sobre su posición en la historia de la moda.
- •La pregunta deja entonces de ser si Galliano merece una exposición para convertirse en otra: qué exposición merece Galliano.
- •El Metropolitan ha adelantado que Horizons abordará tanto su producción creativa como sus comportamientos antisemitas, racistas y anti-asiáticos de 2010 y 2011, sus consecuencias y el modo en que han modificado la recepción posterior de su trabajo. Una retrospectiva que recurriera al viejo relato romántico del “genio atormentado” correría el riesgo de blanquear su biografía. Pero eliminarlo de la historia produciría también un relato incompleto.
- •Admirar sin mitificar
- •El debate conecta con una vieja cuestión de la filosofía del arte: si la valoración estética puede mantenerse completamente separada de la moral. El filósofo americano Noël Carroll ha defendido un “moralismo moderado” según el cual, en determinadas circunstancias, los aspectos éticos pueden formar legítimamente parte de nuestra valoración artística.
- •John Galliano y Charlize Theron, con un modelo de Dior Haute Couture diseñado por Galliano, en la gala inaugural de la exposición AngloMania: Tradición y transgresión en la moda británica, en el Museo Metropolitano, el 1 de mayo de 2006.
- •Everett Colletion/Shutterstock
- •Esta posición permite evitar dos extremos: ni la conducta de un creador vuelve automáticamente irrelevante toda su obra, ni la excelencia artística convierte en irrelevante su responsabilidad moral.
- •Ese podría ser precisamente el reto del Metropolitan: permitir al público apreciar la innovación de Galliano sin necesidad de mitificar al hombre. Enseñar, en definitiva, no qué debe admirarse, sino cómo mirar críticamente aquello que admiramos.
- •Ahí reside probablemente el verdadero interés de John Galliano: Horizons. Más que resolver la vieja cuestión de si es posible separar la obra de su autor, la exposición obliga a pensar cómo se incorpora al patrimonio cultural una figura cuya importancia histórica convive con una biografía difícil de neutralizar.
- •Porque los museos no solo conservan el pasado: también producen los marcos desde los que ese pasado será interpretado. Decidir qué se exhibe, cómo se contextualiza y qué lugar ocupa dentro del relato institucional forma parte de la construcción misma del canon.
- •El caso Galliano plantea así una cuestión que excede ampliamente a la moda: cómo reconoce una sociedad el valor de aquello que considera culturalmente relevante sin convertir ese reconocimiento en indulgencia.
- •Quizá ese sea uno de los desafíos contemporáneos de la cultura: aprender a preservar la complejidad sin convertirla ni en absolución ni en borrado.
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- •Sandra Bravo Durán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
El Metropolitan Museum of Art de Nueva York anunció el pasado 31 de julio que la gran exposición de primavera de 2027 de su Costume Institute estará dedicada a John Galliano. John Galliano: Horizons recorrerá cuatro décadas de trayectoria, desde sus años de estudiante en Central Saint Martins de Londres hasta su trabajo para su propia firma, Givenchy, Christian Dior y Maison Margiela. Será la primera gran retrospectiva museística centrada exclusivamente en el diseñador, a quien el propio Met define como uno de los creadores más inventivos e influyentes de la moda contemporánea.
La elección tiene además un carácter excepcional: Galliano será solo el tercer diseñador vivo al que el Costume Institute dedica una exposición monográfica, después de Yves Saint Laurent, en 1983, y Rei Kawakubo, en 2017.
Pero su trayectoria quedó marcada en 2011 por varios episodios de insultos antisemitas y racistas que provocaron su despido de Dior y una posterior condena de la justicia francesa. De ahí que el anuncio haya recuperado una discusión que excede ampliamente la moda: ¿merece Galliano semejante reconocimiento?
Quizá la pregunta esté mal planteada. Una exposición no es exactamente un premio y un museo no es un salón de la fama para figuras moralmente ejemplares. Según el Consejo Internacional de Museos, su función incluye investigar, conservar, interpretar y exhibir patrimonio, pero también favorecer la educación y la reflexión.
El caso Galliano obliga, así, a preguntarse algo más complejo: cómo reconocer una aportación cultural extraordinaria sin transformar ese reconocimiento en la absolución de quien la produjo.
Antes de Dior ya estaba Galliano
Para entender la polémica hay que comprender primero por qué Galliano importa.
En 1984 presentó en Saint Martins Les Incroyables, una colección de graduación inspirada en la Francia posrevolucionaria y atravesada por la cultura del Londres de los ochenta. Aparecían ya allí los elementos que definirían su lenguaje: historicismo, romanticismo, dramatización de la silueta y, especialmente, la utilización de la ropa para construir personajes.
Su singularidad no residió simplemente en recurrir al pasado. Galliano podía partir del siglo XVIII, del corte al bies de la diseñadora francesa Madeleine Vionnet, del cine o de un personaje literario y recombinar todas esas referencias hasta convertirlas en algo reconociblemente suyo. La historia no era un archivo que reproducir, sino una materia que desmontar y volver a ensamblar.
Detrás de la teatralidad existía además una enorme competencia técnica: dominio del corte, atención a la construcción del cuerpo y una capacidad extraordinaria para conseguir movimiento y ligereza en prendas de gran complejidad.
Por eso Dior no inventó a Galliano. Cuando llegó a la casa francesa en 1996 el británico llevaba más de una década desarrollando su lenguaje y había pasado ya por Givenchy. Dior le dio algo diferente: escala. El archivo, la alta costura, los artesanos, los recursos económicos y el alcance global permitieron proyectar aquella imaginación sobre una de las grandes instituciones de la moda.
El desfile como mundo
Galliano tampoco se limitó a hacer vestidos espectaculares. Contribuyó a transformar el desfile en una experiencia narrativa en la que prendas, música, maquillaje, escenografía, casting y movimiento construían un mismo universo.
Él, Alexander McQueen y otros diseñadores de los años noventa desplazaron el desfile hacia territorios próximos al teatro y la performance, convirtiéndolo en un espacio desde el que articular fantasías, identidades y ansiedades contemporáneas.
Galliano entendió antes de que el storytelling se convirtiera en lenguaje habitual del marketing que una colección podía contar una historia completa. Las modelos no llevaban simplemente ropa: encarnaban personajes. Sus desfiles podían funcionar como acontecimientos culturales y no únicamente como presentaciones comerciales.
En ese proceso contribuyó también a consolidar la figura contemporánea del director creativo como autor total: alguien capaz de diseñar prendas, interpretar un archivo, construir imágenes y producir un universo simbólico alrededor de una marca.
Ahí reside buena parte de su excepcionalidad. En Galliano convergen conocimiento histórico, virtuosismo técnico, intuición visual y una capacidad narrativa poco habitual. Calificarlo de “genio” resulta problemático precisamente porque la propia noción arrastra una larga mitología cultural. Pero ignorar la excepcionalidad de su talento impediría comprender por qué su caso resulta tan incómodo. Si Galliano hubiera sido un diseñador menor, probablemente este debate no tendría la misma intensidad.
La decisión del Metropolitan de dedicarle esta retrospectiva también puede leerse en relación con el momento que atraviesa la propia moda. En un sistema cada vez más condicionado por la velocidad, la producción continua de novedad y la circulación inmediata de imágenes, la dimensión artística y cultural de la disciplina corre el riesgo de quedar subordinada a su lógica industrial y comunicativa. Volver sobre Galliano permite precisamente recordar otra tradición de la moda: la que investiga, cita, construye lenguaje, produce memoria y dialoga con la historia del arte, el cine, la literatura o la cultura visual.
En ese sentido, no resulta extraño que sea un museo quien vuelva a situarlo en el centro. Si una institución cultural no reivindica la moda como objeto de conocimiento, creación y patrimonio, difícilmente lo hará una industria sometida a la urgencia de la siguiente temporada. Y si se busca una figura capaz de condensar esa dimensión artística de la moda contemporánea, Galliano resulta difícil de sustituir.
Cuando la biografía cambia nuestra mirada
Su caída en 2011 alteró inevitablemente la lectura de todo lo anterior. Tras ser despedido de Dior, regresó a la industria como director creativo de Maison Margiela.
Se puede estudiar el contexto de adicciones, presión profesional y deterioro personal que acompañó aquel periodo, pero contextualizar no equivale a justificar. La cuestión es qué ocurre cuando lo que conocemos del autor modifica nuestra experiencia de su obra.
Un vestido de Galliano de 1997 no cambió materialmente en 2011. Cambió el contexto desde el que lo mirábamos.
Qué exposición merece Galliano
Ahí entra el museo. Las instituciones culturales no solo conservan objetos: producen contextos y participan en su legitimación. Desde la sociología de la cultura sabemos que el canon no depende únicamente del valor intrínseco de las obras, sino también de museos, críticos, conservadores y otras instituciones capaces de otorgarles reconocimiento.
Por eso situar a Galliano junto a Saint Laurent y Kawakubo entre los escasísimos diseñadores vivos que han recibido una monográfica del Costume Institute supone una afirmación sobre su posición en la historia de la moda.
La pregunta deja entonces de ser si Galliano merece una exposición para convertirse en otra: qué exposición merece Galliano.
El Metropolitan ha adelantado que Horizons abordará tanto su producción creativa como sus comportamientos antisemitas, racistas y anti-asiáticos de 2010 y 2011, sus consecuencias y el modo en que han modificado la recepción posterior de su trabajo. Una retrospectiva que recurriera al viejo relato romántico del “genio atormentado” correría el riesgo de blanquear su biografía. Pero eliminarlo de la historia produciría también un relato incompleto.
Admirar sin mitificar
El debate conecta con una vieja cuestión de la filosofía del arte: si la valoración estética puede mantenerse completamente separada de la moral. El filósofo americano Noël Carroll ha defendido un “moralismo moderado” según el cual, en determinadas circunstancias, los aspectos éticos pueden formar legítimamente parte de nuestra valoración artística.
Esta posición permite evitar dos extremos: ni la conducta de un creador vuelve automáticamente irrelevante toda su obra, ni la excelencia artística convierte en irrelevante su responsabilidad moral.
Ese podría ser precisamente el reto del Metropolitan: permitir al público apreciar la innovación de Galliano sin necesidad de mitificar al hombre. Enseñar, en definitiva, no qué debe admirarse, sino cómo mirar críticamente aquello que admiramos.
Ahí reside probablemente el verdadero interés de John Galliano: Horizons. Más que resolver la vieja cuestión de si es posible separar la obra de su autor, la exposición obliga a pensar cómo se incorpora al patrimonio cultural una figura cuya importancia histórica convive con una biografía difícil de neutralizar.
Porque los museos no solo conservan el pasado: también producen los marcos desde los que ese pasado será interpretado. Decidir qué se exhibe, cómo se contextualiza y qué lugar ocupa dentro del relato institucional forma parte de la construcción misma del canon.
El caso Galliano plantea así una cuestión que excede ampliamente a la moda: cómo reconoce una sociedad el valor de aquello que considera culturalmente relevante sin convertir ese reconocimiento en indulgencia.
Quizá ese sea uno de los desafíos contemporáneos de la cultura: aprender a preservar la complejidad sin convertirla ni en absolución ni en borrado.
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Sandra Bravo Durán no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Sandra Bravo Durán, Socióloga y Doctora en Creatividad Aplicada, UDIT - Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología. Puedes consultar la publicación original aquí.
