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Un Mediterráneo más cálido no crea las tormentas, pero las intensifica

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Resumen (TL;DR)
  • Nubes de tormenta en Alicante. Marinissim/Shutterstock
  • El 24 de agosto, el nordeste peninsular volvió a mirar al cielo. AEMET activó avisos naranjas ante el riesgo de lluvias que podían acumular hasta 30 milímetros en una hora, rachas de viento muy fuertes y la posibilidad de granizo de más de cinco centímetros, que se cumplió en diferentes puntos de Aragón y Cataluña.
  • Al mismo tiempo, el Mediterráneo occidental encara el final del verano tras registrar temperaturas superficiales récord para un mes de julio y mantener una intensa ola de calor marina durante agosto. Un análisis rápido de atribución, aún pendiente de revisión por pares, estima que el calentamiento global de origen humano añadió unos 2 ºC a esta ola de calor marina.
  • La coincidencia invita a una pregunta inevitable: ¿está el cambio climático volviendo más violentas las tormentas en España? La respuesta breve es que está cargando el escenario con más combustible, pero no enciende por sí solo cada tormenta.
  • El combustible y la cerilla
  • Para que se forme una tormenta intensa (en términos técnicos: “convección profunda organizada”) deben coincidir varios ingredientes: aire húmedo en capas bajas, un divergencia en altura que favorezca su ascenso, inestabilidad y, para que se organice, suficiente cizalladura (es decir, cambio de la magnitud o dirección del viento con la altura). La compleja orografía de la Península y las convergencias locales también pueden proporcionar el empujón inicial.
  • Un Mediterráneo muy cálido no sustituye ninguno de esos mecanismos: únicamente ayuda a incrementar la humedad en capas bajas y la inestabilidad. Pero cuando el viento conecta el mar con la tormenta, puede aportar más vapor y energía. Además, por cada grado de calentamiento, la atmósfera puede contener alrededor de un 7 % más de vapor de agua. Las corrientes ascendentes y la liberación de calor dentro de la nube pueden amplificar todavía más la lluvia y la formación de granizo y de rachas de viento muy fuertes.
  • El mar cálido es, por tanto, combustible potencial; pero la configuración atmosférica sigue siendo la cerilla.
  • Tres tormentas bajo la lupa
  • En los últimos años, el Mediterráneo occidental ha registrado varios episodios convectivos extremos. Tres de ellos destacan por haber sido analizados mediante estudios de atribución, es decir, que investigan su relación con el cambio climático. Nos referimos al derecho –fuertes vientos en línea recta durante varias horas y recorriendo centenares de kilómetros– y el granizo gigante que cayó en Girona en 2022 y la dana de Valencia de 2024. Estos trabajos plantean una pregunta sencilla: ¿qué habría pasado con la misma situación atmosférica en un clima preindustrial? Si el fenómeno no llega a desarrollarse, el cambio climático fue decisivo; si aparece, pero es menos intenso u organizado, podemos medir cuánto lo reforzó.
  • Un ejemplo fue el derecho mediterráneo del 18 de agosto de 2022: un sistema convectivo muy extenso y duradero que dejó rachas de viento de hasta 224 kilómetros por hora en Córcega. Su estudio mostró que, al enfriar tres grados la superficie del mar, el sistema perdía organización, intensidad y persistencia. Por otro lado, en un clima preindustrial, el derecho no hubiera llegado a formarse, siendo el primer trabajo que evidencia que el cambio climático puede “formar” eventos convectivos extremos.
  • Doce días después, una supercélula produjo en La Bisbal d’Empordà (Girona) piedras de granizo de hasta 12 centímetros. En un estudio que colideré, comprobamos que la ola de calor marina –con una anomalía media de más de 3 ºC en una ventana de tres semanas– reforzó la inestabilidad. Sin aquella ola de calor y bajo condiciones preindustriales, la tormenta aún podía formarse, pero el entorno era menos propicio para desarrollar granizo gigante.
  • El tercer caso es la dana de Valencia del 29 de octubre de 2024. En una investigación que he liderado, simulaciones a un kilómetro de resolución indican que el calentamiento antropogénico aumentó un 21 % la lluvia acumulada en seis horas, un 55 % la superficie que superó los 180 milímetros y un 19 % el volumen precipitado en la cuenca del Júcar. Además, comprobamos que el calentamiento global amplificó la dinámica interna de la tormenta. El cambio climático no originó la tormenta, pero agravó sus efectos.
  • ¿Qué hizo a la dana tan destructiva? Factores ambientales y humanos
  • Esquema de los cambios producidos por el cambio climático antropogénico en la tormenta que produjo las inundaciones en Valencia el 29 de octubre de 2024: aumento de le evapotranspiración en el mar, el flujo de vapor, el calentamiento del aire y las corrientes de ascenso. Todo ello provocó precipitaciones más intensas.
  • Calvo-Sancho et al. (2026)
  • ¿Habrá más tormentas?
  • Estos resultados no permiten afirmar que las tormentas mediterráneas sean ahora más frecuentes. Las series de observaciones de granizo y viento convectivo son cortas e irregulares, y estos fenómenos son muy pequeños para muchos modelos climáticos.
  • Sí sabemos que la región mediterránea puede volverse más seca en promedio y, a la vez, sufrir aguaceros más intensos cuando coincidan los ingredientes. El granizo presenta una dicotomía: una mayor inestabilidad favorece corrientes ascendentes capaces de sostener piedras grandes, mientras que un nivel de enfriamiento más alto puede derretir más granizo pequeño.
  • Tampoco está claro que las danas vayan a aumentar su frecuencia, pero las que se formen pueden encontrar una atmósfera más húmeda y un mar más cálido. Es decir, con mayor potencial para desarrollar eventos convectivos extremos.
  • Por eso, de las tormentas de finales de este mes de agosto podemos decir que coinciden con un Mediterráneo excepcionalmente cálido y que éste puede suministrar humedad adicional. Cuánto las ha reforzado solo podrá saberse con un análisis robusto con observaciones y simulaciones de alta resolución.
  • Del peligro al desastre
  • La meteorología tampoco actúa sola. Las consecuencias de una tormenta dependen de dónde cae la lluvia, del relieve, de la ocupación de barrancos y zonas inundables, del estado del suelo, de los avisos y de la exposición de la población.
  • Un año después de la dana: lecciones aprendidas y tareas pendientes para evitar una catástrofe similar en el futuro
  • Un Mediterráneo con mayor carga calorífica no es el único culpable de cada tormenta, pero tampoco un espectador inocente. El depósito de combustible contiene cada vez más energía y de mejor calidad; la atmósfera decide cuándo salta la chispa. Estos días lo hemos visto en el nordeste peninsular: el Mediterráneo no está para bromas y prepararnos para sus consecuencias depende de nosotros.
  • Carlos Calvo Sancho recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades en el marco del contrato Juan de la Cierva (JDC2024-055355-I). También agradece a la Generalitat Valenciana por el apoyo en el proyecto PROMETEO para Grupos de Investigación de Excelencia (GVA-CIPROM/2023/38) y al Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades en el proyecto CONSCIENCE (PID2023-146344OB-I00).

Nubes de tormenta en Alicante. Marinissim/Shutterstock

El 24 de agosto, el nordeste peninsular volvió a mirar al cielo. AEMET activó avisos naranjas ante el riesgo de lluvias que podían acumular hasta 30 milímetros en una hora, rachas de viento muy fuertes y la posibilidad de granizo de más de cinco centímetros, que se cumplió en diferentes puntos de Aragón y Cataluña.

Al mismo tiempo, el Mediterráneo occidental encara el final del verano tras registrar temperaturas superficiales récord para un mes de julio y mantener una intensa ola de calor marina durante agosto. Un análisis rápido de atribución, aún pendiente de revisión por pares, estima que el calentamiento global de origen humano añadió unos 2 ºC a esta ola de calor marina.

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La coincidencia invita a una pregunta inevitable: ¿está el cambio climático volviendo más violentas las tormentas en España? La respuesta breve es que está cargando el escenario con más combustible, pero no enciende por sí solo cada tormenta.

El combustible y la cerilla

Para que se forme una tormenta intensa (en términos técnicos: “convección profunda organizada”) deben coincidir varios ingredientes: aire húmedo en capas bajas, un divergencia en altura que favorezca su ascenso, inestabilidad y, para que se organice, suficiente cizalladura (es decir, cambio de la magnitud o dirección del viento con la altura). La compleja orografía de la Península y las convergencias locales también pueden proporcionar el empujón inicial.

Un Mediterráneo muy cálido no sustituye ninguno de esos mecanismos: únicamente ayuda a incrementar la humedad en capas bajas y la inestabilidad. Pero cuando el viento conecta el mar con la tormenta, puede aportar más vapor y energía. Además, por cada grado de calentamiento, la atmósfera puede contener alrededor de un 7 % más de vapor de agua. Las corrientes ascendentes y la liberación de calor dentro de la nube pueden amplificar todavía más la lluvia y la formación de granizo y de rachas de viento muy fuertes.

El mar cálido es, por tanto, combustible potencial; pero la configuración atmosférica sigue siendo la cerilla.

Tres tormentas bajo la lupa

En los últimos años, el Mediterráneo occidental ha registrado varios episodios convectivos extremos. Tres de ellos destacan por haber sido analizados mediante estudios de atribución, es decir, que investigan su relación con el cambio climático. Nos referimos al derecho –fuertes vientos en línea recta durante varias horas y recorriendo centenares de kilómetros– y el granizo gigante que cayó en Girona en 2022 y la dana de Valencia de 2024. Estos trabajos plantean una pregunta sencilla: ¿qué habría pasado con la misma situación atmosférica en un clima preindustrial? Si el fenómeno no llega a desarrollarse, el cambio climático fue decisivo; si aparece, pero es menos intenso u organizado, podemos medir cuánto lo reforzó.

Un ejemplo fue el derecho mediterráneo del 18 de agosto de 2022: un sistema convectivo muy extenso y duradero que dejó rachas de viento de hasta 224 kilómetros por hora en Córcega. Su estudio mostró que, al enfriar tres grados la superficie del mar, el sistema perdía organización, intensidad y persistencia. Por otro lado, en un clima preindustrial, el derecho no hubiera llegado a formarse, siendo el primer trabajo que evidencia que el cambio climático puede “formar” eventos convectivos extremos.

Doce días después, una supercélula produjo en La Bisbal d’Empordà (Girona) piedras de granizo de hasta 12 centímetros. En un estudio que colideré, comprobamos que la ola de calor marina –con una anomalía media de más de 3 ºC en una ventana de tres semanas– reforzó la inestabilidad. Sin aquella ola de calor y bajo condiciones preindustriales, la tormenta aún podía formarse, pero el entorno era menos propicio para desarrollar granizo gigante.

El tercer caso es la dana de Valencia del 29 de octubre de 2024. En una investigación que he liderado, simulaciones a un kilómetro de resolución indican que el calentamiento antropogénico aumentó un 21 % la lluvia acumulada en seis horas, un 55 % la superficie que superó los 180 milímetros y un 19 % el volumen precipitado en la cuenca del Júcar. Además, comprobamos que el calentamiento global amplificó la dinámica interna de la tormenta. El cambio climático no originó la tormenta, pero agravó sus efectos.


Leer más: ¿Qué hizo a la dana tan destructiva? Factores ambientales y humanos


Esquema de los cambios producidos por el cambio climático antropogénico en la tormenta que produjo las inundaciones en Valencia el 29 de octubre de 2024: aumento de le evapotranspiración en el mar, el flujo de vapor, el calentamiento del aire y las corrientes de ascenso. Todo ello provocó precipitaciones más intensas. Calvo-Sancho et al. (2026)

¿Habrá más tormentas?

Estos resultados no permiten afirmar que las tormentas mediterráneas sean ahora más frecuentes. Las series de observaciones de granizo y viento convectivo son cortas e irregulares, y estos fenómenos son muy pequeños para muchos modelos climáticos.

Sí sabemos que la región mediterránea puede volverse más seca en promedio y, a la vez, sufrir aguaceros más intensos cuando coincidan los ingredientes. El granizo presenta una dicotomía: una mayor inestabilidad favorece corrientes ascendentes capaces de sostener piedras grandes, mientras que un nivel de enfriamiento más alto puede derretir más granizo pequeño.

Tampoco está claro que las danas vayan a aumentar su frecuencia, pero las que se formen pueden encontrar una atmósfera más húmeda y un mar más cálido. Es decir, con mayor potencial para desarrollar eventos convectivos extremos.

Por eso, de las tormentas de finales de este mes de agosto podemos decir que coinciden con un Mediterráneo excepcionalmente cálido y que éste puede suministrar humedad adicional. Cuánto las ha reforzado solo podrá saberse con un análisis robusto con observaciones y simulaciones de alta resolución.

Del peligro al desastre

La meteorología tampoco actúa sola. Las consecuencias de una tormenta dependen de dónde cae la lluvia, del relieve, de la ocupación de barrancos y zonas inundables, del estado del suelo, de los avisos y de la exposición de la población.


Leer más: Un año después de la dana: lecciones aprendidas y tareas pendientes para evitar una catástrofe similar en el futuro


Un Mediterráneo con mayor carga calorífica no es el único culpable de cada tormenta, pero tampoco un espectador inocente. El depósito de combustible contiene cada vez más energía y de mejor calidad; la atmósfera decide cuándo salta la chispa. Estos días lo hemos visto en el nordeste peninsular: el Mediterráneo no está para bromas y prepararnos para sus consecuencias depende de nosotros.

Carlos Calvo Sancho recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades en el marco del contrato Juan de la Cierva (JDC2024-055355-I). También agradece a la Generalitat Valenciana por el apoyo en el proyecto PROMETEO para Grupos de Investigación de Excelencia (GVA-CIPROM/2023/38) y al Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades en el proyecto CONSCIENCE (PID2023-146344OB-I00).

⚖️Artículo de libre republicación legal bajo licencia Creative Commons BY-ND 4.0 obtenido de The Conversation en Español. Crédito original al autor/a: Carlos Calvo Sancho, Investigador Postdoctoral, Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE; CSIC-UV-GVA), Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Puedes consultar la publicación original aquí.